Guillermo Fernandez







LA LUZ Y ALGUNA COSA







Necesitamos que la poesía, constantemente, salve la verdad de todos los días, antes de que, por ejemplo, las ciencias sociales. Ningún cientificismo nos descubre lo que el verbo iluminado expone a nuestros ojos. Cuando un poeta logra desentrañar lo que parecía matera inerte y revela sus aristas más hondas, el mundo funciona de otra manera. El ha logrado, para cada uno de los seres, un especial avance hacia ese sol que está al final del camino de la conciencia, donde todos somos una sola sangre, hijos del cosmos, chispas de la eternidad.

A pesar de esta urgencia que desarrollamos en la palabra, no es usual que el viaje cotidiano nos depare un encuentro con un libro de poemas que nos hable con la voz del augur, de la insoportable y necesaria emoción del vidente. Sin embargo, cuando llegó a nuestras manos el último libro de poemas del argentino Carlos Barbarito, nos heló la primera lectura. Si la sinceridad y el ejercicio completo de la elaboración poética se hermanan para dar un resultado único, de valía, estábamos ante un poemario que no iba a pasar rápidamente ante nuestros ojos. Después de varias lecturas entendimos que la verdadera poesía jamás podrá ser una moda porque excava de tal forma la realidad que puede acontecer ominosa para quienes se alejan del dolor del mundo. A esto añadimos que el poeta de importancia, como pretendía Martin Heidegger, arroja una luz, a veces tenebrosa, sobre lo oculto, sobre lo perdido en época de aparente triviliazación de la vida.

Desde este punto de vista, la lectura de los poemas de Barbarito cobró inusitadamente el valor que apenas percibíamos porque su materia se nos antojaba entretejida con un hilo de desesperación casi congelada o tal vez indolente. La supuesta opacidad de su informe poético nos enfrentaba a una existencia que es el propio transcurrir del tiempo actual; y de lo que este hace de nuestra sensibilidad, de nuestros sueños y de nuestros gritos.

Hay algo penoso en esta época: crece hacia el exterior en ciudades, pobreza, tecnología, comunicación acartonada, hedonismo pueril, literatura-bouquet, curiosidades y espectáculo; pero muy poco hacia el interior. Esta visión de carestía espiritual es la que vel el poeta, el mayor de los insatisfechos: Quien quiere mirarse adentro/ mira sólo afuera y quien quiere/mirar afuera mira su irremediable oscuro, / su silencio.

La luz y alguna cosa es un poemario concebido desde un plano de observación implacable. La enumeración de simples objetos -como símbolos de una civilización en descenso, aparatosa, incomunicante, o como compañeros de la nulidad-, así como de emociones, o quizás recuerdos, todos mezclados, a veces sin concreto vínculo, conforman los ladrillos de una posible autobiografía que producen en nosotros la noción de que el poeta ha sido desmembrado como Dionisos y que, después de ello, trata de recomponer su desaliñado aspecto, para mirarlo y reestructurar su vida o darle un pasadizo a un jardín donde, desde allí, tal vez contemple su infancia. Es evidente, por lo menos en su visión del mundo donde se ausenta la fertilidad o la coherencia del espíritu, las contribuciones de T.S. Eliot, Robert Lowell, Kafka y de Henri Michaux, y por supuesto las citadas por el preciso prólogo que le hace Cristina Piña, para quien Carlos construye un lenguaje que es como el reverso de las voces sociales hegemónicas y mayoritarias...

Es en esta novedosa construcción contra-oficial de un lenguaje en Barbarito donde radica su fuerza conturbadora. Para empezar, el poeta versifica con una solemnidad que asusta empleando significantes llanos, propios de la rutina, del alrededor más próximo: sogas, agujas, pedregales, uñas, etc. Por otro lado, la simpleza de lo dicho excede su órbita, sin grandes y pomposos artilugios metafóricos, y con una precisión estética que ningún otro adorno lo podría enriquecer: ¿Hay alguna señal en el agua, / un signo en el fuego,/ otra comida de que alimentarme,/ un día que no sea un préstamo,/carne que no resulte combustible,/un despertar sin frío en los pies/ y un polvo gris en la frente,/un niño, el que fui que no me pida/ lo único que no puedo darle? Además, el poeta se ha convertido aquí en un profeta cuyas visiones lo ahogan; a la ausencia de todo camino las preguntas se vuelven avizores mismos de la debacle: ¿Qué cura la visión encajada en un monótono repique de campana? o ¿qué es este presentimiento de agujas, de ojos, de éteres? Esta falta de claridad misma borra también del discurso el deseo de un encuentro complaciente con el lector, en el sentido de que se desprecia a este como un sujeto ideal y sugestionable con imágenes que apelen a la idiosincracia. En este sentido, todo el poemario es un viaje a la desilusión, tanto en las ideas que se captan y que aparecen sumidas en marasmos de percepciones libres y asociaciones personales como en el empleo de un estilo que se cubre y que juega entre lo críptico y la señal más directa; todo, sin embargo, para surtir ese efecto del caos vivido y de la conmoción completa de la fe: Leve ala de fe/ sobre el incendio del mundo'. Terrible exigencia, entonces, la de este poeta, para el que desee franquear el umbral de su palabra, en un tiempo de ruido, época donde el ruido es señor, y donde el escuchar es una acción casi religiosa, porque demanda el ser entero. Así pues, para Barbarito, solo entra a su reino el que escucha.

Hay poemas en La luz y alguna cosa que serán sin duda marcas o huellas indelebles de la generación de Carlos. Nos referimos, por ejemplo, a Un clavo en la boca... , cuyo dramatismo no solo está dado por la reiteración del clavo sino también por el enjambre de cosas y paisajes que no logran concretar nada ante quien, al parecer, es crucificado. De igual manera, en No hay gloria aquí..., quizás el más hondo y perfecto de los poemas, el poeta describle el mundo personal, pero también colectivo, el mundo donde las cosas se han acumulado sobre ellas mismas, donde todo repta sin profundo significado, como en los arroyos, elevándose en la corriente y hundiéndose.

En general, dicha obra alberga suficientes méritos en la ubicación de un camino tan propio y válido en un lenguaje que nos urge para dilucidar la esencia de nuestro mundo - gigante en soledad, desdicha y objetos- que podríamos entenderla como uno de los intentos más serios de la mejor poesía latinoamericana de esta época, a pesar de que, como de nuevo citamos a su prologuista, el tiempo no es propicio para ésta. De todos modos, y con el tiempo en contra, la poesía, fiel a su mandato, y sin acomodarse a los gustos de la plebeyización pujante de los medios de masas, se erige, en libros como La luz y alguna cosa, en poderoso testimonio de la vitalidad órfica y, por supuesto, de su completa vigencia.

La poesía de Barbarito, aun anclada en la desesperación de este fin de siglo, y evocadora de una pesadilla que refiere en versos de hambre, de sed, de fiebre fría y alucinación lúcida, es la voz que nos desvela el infierno que somos y ocultamos. Voz, al fin, que al darnos la crudeza de su timbre nos sitúa, por au autenticidad y prodigio, en una escala donde la trascendencia es ofrecida por la misma verdad para todos nosotros.

© Guillermo Fernandez 1998

Reactiones: libro de visitas o Carlos Barbarito


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