CARLOS BARBARITO

radiación de fondo







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ón en 'Germina Literatura',
abril de 2005 - ano ll - edição 13 ra'

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pr
ólogo: Floriano Martins








A María y Cecilia
A la memoria de Czeslaw Milosz



Si un animal hiciera por espíritu lo que hace
por instinto para la caza y para advertir a sus
camaradas que se ha encontrado o perdido la
presa, mejor hablaría de cosas más afectas a él,
como para decir: Roed esta cuerda que me lastima,
donde no puedo alcanzar.

Pascal, Pensées, III, 1, 260.

o

















1



¿Y ahora qué hace? Su duda
se anticipa a cualquier otra cosa.
Incluso hasta la propia muerte
debería, si se presentara, esperar.
¿Le da la razón a las cenizas
y se olvida que de algún modo,
por alguna vía, por quién sabe qué ardid,
pudo ser feliz y nada hizo al respecto?
(El fuego, le dijeron, siempre tiene roto el extremo.
No lo entendió entonces, sigue sin entenderlo.)
¿Enfermo de un mar curable
y sin embargo mortal, plantará
un cyclamen en la estepa
sabiendo que no tardará en marchitarse?
(Le dijeron: no tendrás nunca una casa,
cuando quieras ver el día será tarde, será de noche.)
Ecos remotos, cada vez más inaudibles:
Tigris y Eufrates, emenagogo,
creosota, Es como un alto en la vida,
un súbito miedo a despertar, Jeremías en San Vincenzo,
el Evangelio de Nicomedo, las flores
de Leonardo, virgen de oro, camafeo...
¿Se llama a sí mismo y no asiste,
yerra y todo renace, acierta
y todo sigue bajo el lodo,
se llama a si mismo y asiste, desnudo,
sucio de tiempo y cenizas?

o


2


Hacia el fin del mundo,
a bordo de un tren inmóvil.
Polvo de tiza en los párpados,
en las manos. Hacia
el fin de lo conocido, medido y pesado,
ante un paisaje que miente
cielos de lluvia y luego cielos azules,
campos sembrados y luego baldíos.
¿De qué noche es esta falacia?
¿De qué muerte se compone esta vida,
que no se refleja en espejo alguno,
fija en el centro de un ojo no humano,
de perro, oso, caballo?

o


3

Qué espera, qué no espera,
empujado a otro destierro. El ojo
hacia alguna hora,
abierto a medias: cae,
al fondo de la escena,
un piano, en ralentí,
en un mar sin olas se hunde.
Qué vive, qué muere,
del lado ajeno, confuso,
un pez desgarra la superficie,
impide con su acto toda belleza.
Y no lo sabe. No sabe
cuanto arrastra la luna en su órbita,
hacia dónde se inclina
el relámpago cuando queda vacío,
si basta o no con encender un fuego
y arrojar al fuego el eco y la sombra.
Y está el tiempo, el óxido,
lo que despacio se deshace;
un rato antes se desnudan,
por un instante son menos ásperos,
oyen una música, se huelen
entre sí y lo que huelen
se presenta ancho y verdadero.
Pero, ¿cuánto dura? Enseguida
cruje la madera de la puerta,
se arruga la tela que cubre la tierra,
tercian el ganado,
el sismo, la malaria. Lo afín
se separa, se tuerce la plomada,
sólo huelen los perros
que buscan alimento
bajo montañas de hojas secas.

o

4

(Insecta)

Por el suelo, en el aire,
al borde de las grietas,
en las ramas de los árboles.
Solitarios, en colonias, livianos,
Pesados. Ablandan con jugos
lo duro o lo perforan,
aún en lo oscuro noche
ven las invisibles líneas de los pétalos.
Frotan sus alas, raspan sus patas traseras,
cantan, captan ese canto
desde muy lejos.
Vuelan, corren, saltan,
desaparecen en la arena,
caminan sobre el agua de los lagos,
patinan, se emparejan en pleno vuelo, de a dos,
unos con otros en nutridos enjambres.
Como nosotros, parecen
estar en todas partes,
da la impresión de que nada les es ajeno,
que todo les pertenece.
Pero, como nosotros,
no pueden respirar bajo el mar
y el fuego no tarda en abrasarlos.

o

5

(Modigliani)

Bebe porque tiene sed
y porque tiene sed se mancha.
Su dios es pequeño,
muere cada otoño antes que las hojas.
En cada tela, un desnudo.
La cabeza hacia un lado.
Golpea el vidrio un viento:
¿quién detendrá su furia,
quién acariciará la frente de ese potro,
quién tocará una a una las cuerdas,
un sonido en progreso
en dirección a cierto amor,
a cierta isla cimentada en calma?

o



6

(A Denise Levertov)

Los animales vienen a su encuentro.
Le ladran, mugen, balan,
gruñen, pían, chillan.
Le lamen las manos y la cabeza.
Algunos, los que tienen brazos, la abrazan.
Otros le pasan sus lomos por las piernas.
Un sueño de niño, sin sobresalto.
La vida tal cual es, desnuda, sin artificio.

o


7

Es otra vida, temprana.
Es otra fruta, jugosa, ingrávida.
Desnuda, ágil,
en un amplio teatro de formas,
siempre la misma escena
nunca repetida.
No es idea,
es tal vez preludio,
perfil angélico,
un raro fulgor en los arbustos.
Y nueces, salmodia, oro entre nubes,
suave desmayo que deja estela.
Ahora la respiro,
bosque o limbo,
dejo sobre sus hombros
amoroso, inocente pasado,
tal vez Chardin, Watteau, Boucher...

o



8

(Albrecht Dürer, 1502)

¿A quién ofrecerle este oro?
Una música larga, tañida, pulsada,
una larga soga de techo a techo
de la que cuelgan, sin ser movidos,
aunque sople, por el viento,
papeles manchados por un aliento puro,
un amor casi puro,
bermellón, terracota. ¿Y esa liebre?
¿Esa virgen rodeada de animales?
¿A quién ofrecerle el desnudo,
las manos antes de la malaria,
la altura que no precisa de puentes,
la mirada puesta en aguas que se componen
y se descomponen, alas
que rasgan la superficie
y, abajo, la misma, eterna sed
de proporciones y perspectivas.
¿A qué médico, a cuál vida
o hacia qué muerte, linfa, enjambre,
aliento de lobo marino,
arena?

o

9

No es posible que esto no nos afecte.
Sé que va a herirnos, tal vez a matarnos.
No podemos andar por aquí sin ser lastimados.
No podemos besar sin ser mordidos
como no podemos amar sin ser arrastrados,
calle abajo, hacia el fondo más oscuro.
Pregunto: ¿qué ropa nos salva de estar desnudos?
¿qué desnudez nos pone desnudos,
nos lleva lejos, hasta lo azul y puro?
A salvo están los ángeles –dice alguien.
La tierra para nosotros siempre tiembla,
vibra, finalmente se abre y nos traga.
Nos lavamos y seguimos sucios.
Nunca somos del todo niños,
aun cuando lo somos.
Aun cuando no sabemos que tenemos una boca,
un pie derecho y un pie izquierdo,
que hay un mundo más allá del jardín y la casa.

o


10

Marca en la carne, indeleble,
sumergida la inocencia, bajo el agua
la luz del sol, la mañana abierta
hacia lejanos depósitos de amantes y amados.
Un día, una muerte, o dos,
el diente en lo blando,
la hoja filosa, de perfil, en lo puro.
¿Puro? ¿Alguna vez
desnudos, al viento, la música?
¿O nunca, nunca
y siempre sucios, ceniza, hollín y sangre?
Lo poco que tenemos -me dijo-
se consume. Se agota
el aceite en la lámpara,
el agua en los charcos.
Ahora el mundo es viejo.
La tierra y el mar son viejos.
La fruta es vieja, se pudre.

o

11

(Balthus, Thérose Rêvant , 1938, a Delphine Eggly )

Del mundo sólo conozco un nombre.
Sombra de luz sobre fugaces ecos.
Espejo puesto en lo más profundo del suburbio
para que en él se miren
los que huérfanos de piedad
se sientan cada noche entre pajas, detritus.
¿Qué dicen ese nombre, esa sombra,
ese espejo? Tal vez deseo, máscara quemada,
signos de vida contra arenas, lastimaduras,
tijeras que cortan la soga
que ata a la criatura con su roto animal
bajo la lluvia. ¿Con qué sueña ahora,
con anémonas, corales,
perdidos puertos donde esperan,
confiados, los niños, los ignotos, los desnudos?

o


12

Al fondo, destellos. A cada destello,
un ángulo, una perspectiva, luego oscuro.
A cada sorbo, un nombre.
A cada soplo, una bestia mansa.
A cada mirada, entre parpadeo y parpadeo,
un poco de miga en un plato.
Luego, carga de roca de luna en la espalda.
El rostro se sumerge y emerge la máscara.
Emerge leño ciego, árbol quemado por arriba.
Pez visto sólo por afuera.
Ola detenida un instante antes de ser ola.
Entre los escombros, emerge una flor,
débil y blanca. Ya la aplastan patas, cuerpos,
lluvias, venas, metales, el tiempo.

o

13

Contra el muro, un lento respirar sin aire.
Una suerte que no disfruta de hierba,
de pasto blando, apenas
la sombra de un remoto engaño:
hubo un gran pecado, un tajo en la carne.
La página marcada se extravía.
¿Qué es seguro, sólido,
desnudo sobre desnudo,
entre uno y otro bruñido y antimonio?
Hay una luz grave, un idioma sucio.
Alumbra fantasmas, repite
lo dicho, alguna vez,
al borde de la sangre,
cerca del que, despertó
y abrió los ojos justo con el último relámpago.

o





14

(A Ana Plenasio)

¿Todo se reduce a rimar polifonía
con apoplejía? ¿Nada más?
Entonces, si es así, ¿para qué
crecen las hojas en las ramas,
para qué maduran los frutos,
cercados de insectos,
para qué las bocas los muerden
sin saber si son acres o dulces?

o




15



Lavan una y otra vez
su carne antes de que se rompa,
sola, bajo la tierra.
La visten antes del atardecer
y gritan para atemorizar
a los que quieren llevarse
uno de sus brazos
para que los proteja de las tormentas,
los relámpagos, las sombras.
La sepultan y en el suelo recién removido
plantan una rama reseca.
Se sientan y esperan,
confiados, que reverdezca.

o

16



(Mallarmé)

¿Si esto, incluso
lo que todavía no veo ni palpo,
fuese nada más que superstición?
¿si en todo poema,
aun al que la razón en extremo refina,
hubiese siempre una falta de ortografía,
oculta, inalcanzable?

o


17

(Camel, Cobh)

¿ Aleta de pez para la hora torcida,
mujer para el minuto tortuoso?
El humo asciende desde la tierra,
por un momento creemos ver
el incendio que lo produce.
Engaño. Ninguna razón
para lo que sube,
para la sombra que desciende,
sin cuerpo, entre sombras y ramas.
El pez pregunta, queda entre redes.
La mujer pliega su pañuelo,
siempre, al pie de la lluvia,
cuando nada ni nadie puede ser,
a sus ojos, animal, poliedro puro, niño.

o

18



Hay que dejar una huella de este viaje que la
memoria olvida, hay que, cuando es imposible,
escribir sin responder a las invitaciones novelescas
del dolor, no aprovecharse del sufrimiento como
de una música, hacerse atar la estilográfica al
pie si es necesario.
Cocteau, Opio.

Se agita el último sello del cuerpo
y luego cae y queda un espacio sin sol
ni luna y una especie de peste única
bestia junto a bestia
cada una con su avena que no comparten
(dice el mal es fácil, hay una infinidad
relámpagos contra postigos,
fatiga de la tierra, de las escamas)
y el mar que no devuelve lo que se lleva
y ella bajo el agua, ahogada
antes de saber de ovillos,
de penachos, de enteros y jirones,
de escudos, de charcas, de metales;
qué sino todo ahora se ennegrece,
resiste al torno, triunfa
sobre embates y embustes de amor,
estaca, pellejo, sí,
no fruta, memoria, galaxia.

o


19




No sé a qué hora, en qué lugar
pero sé de qué modo:
me dolerá y gritaré y mi grito resonará
en días que se contarán de a uno
hasta ser innumerables, en olas
que sólo serán espejos,
inmenso y extenuado mar
sin puertos ni náufragos.

o

20




Ni esperanza. O una esperanza
que apenas asiste,
en mera beneficencia casi burla;
en una pantalla,
juegos oscuros, indescifrables,
sombras que dialogan sin subtítulos
y, al fondo de cada escena,
un mundo sumergido:
(luces frías, en reflujo,
edad que vacila, tiembla y no pulsa,
manos que revocan un muro
que se alza sin base, consistencia
ni propósito)

o








21

(Cyclamen)

Allí brota en el frío
del suelo oscuro
que no se resigna
a ser dispersado por el viento;
y serán horas, y noches,
y días. Allí estoy yo, estamos,
libres, posesos,
viles, virtuosos, desnudos,
desde el fondo hacia lo alto.
¿Perfume de amantes,
alimento para las bestias?
Una u otra cosa, tal vez,
ambas; de todos modos,
como siempre, habrá un cielo indiferente,
una escarcha decidida
a quemar. Y lo que tenga que suceder,
sucederá en silencio.

o


22



¿De qué noche es este rito? Carneados,
puestos cada uno sobre una piedra distinta,
atados a las piedras con la sangre
todavía caliente, chorreando.
El amor es aquí ajeno, todo deseo:
gritan, se retuercen,
hablan en lenguas, ven visiones.
Entran al agua roja, su óxido y su espuma,
al barro, al sexo abierto de la tierra
y en el fondo, ningún mar,
ninguna infancia.
¿De qué noche
o día o relámpago o niño sin ojos
empujado desnudo hacia las llamas?
Cae el cielo sobre el mundo.
La tierra invade las aguas.
Se mezclan y confunden.

o

23



Ansía penetrar, hundirse, desaparecer
entre los últimos pliegues. Morir, no morir:
hay un descanso - se dice a si mismo-
en la peor de las fatigas. Así
como la sangre es espesa y roja,
y el deseo conforma animal con dos espaldas,
la presa huye de lo que, acaso,
con sus garras y dientes, podría salvarla.
Un sol sucio deriva por el agua.
Alumbra cuanto pare el fruto más amargo.
En un rincón oscuro, nueces y sogas.
Las horas roen la madera, el papel
que fuera carta desde El Havre
ahora confirma que el mundo
está irremediablemente sumergido.
Pregunta, nos pregunta: ¿existe
imitación, falsedad, copia,
una moral para la materia del relámpago,
sabiduría que no sea hija
o nieta de traición o acoplamiento?

o



24



Anda desnuda bajo los puentes.
No logra contener aquello que la habita.
Se desborda, se ahoga
con lo que de ella misma sale a borbotones.
Abraza, se deja abrazar, grita.
Algún día será escombros,
hoy es tierra siempre seca
que pugna por la lluvia.
¿Qué nombre darle
si la veo siempre de espaldas,
no veo su rostro, y ya son años,
respiración que ninguna ancla sujeta,
dios que creo demonio y viceversa?

o


25



¿Sobrevivirán la materia perforada,
el paisaje que el ojo entrevé
y por cuya superficie repta una sombra?
Nacerá el hijo del muslo
-cala palabra por su propio peso-
caen los hoteles, sus pasillos,
sus lámparas siempre encendidas.
Un hijo torpe, sin nombre ni ojos.
En otra parte, se parten los mundos,
los patios con sus hojas,
las hojas que la luz atraviesa,
desnudez, impiedad, nervadura.
Se lavarán de a dos, estará oscuro.
Números en cada puerta,
ventanas con relámpagos,
nudos de nervios en láminas delgadas,
dioses flacos, venidos a menos,
incapaces de crear tan sólo un insecto.
¿Y la arena, las arenas, esta boca,
esas otras bocas, palos, cometas, dientes?
El hijo lo ignora, despierta, se viste.

o


26




Ahí van, esposados,
por el último suelo
antes de la noche y su azar:
¿quién los oye sino el sello
del libro, el tallo enroscado
en la madera con que, otros,
apuntalan la casa que cede?
Flujo, reflujo, ¿y el perdón,
la ventura, el caracol
sobre el vidrio, el bodegón, la marina?
Comerán solos, como las plantas.
Tal vez, como ellas, crecerán
hacia la luz, darán fruto.

o



27



Desnuda y con sudor.
Se acopla, gime, tiembla.
Ante ella, su acto,
toda memoria resulta cansancio,
otoño. El mundo todo
parece ahora una mancha
sobre un papel liso y blanco.
¿Qué hubiese dicho Mallarmé,
con qué lámpara hubiese iluminado
la porción de espacio
donde tal océano se revuelve?
Buscarás oro entre piedras -cada cosa
es útil por sí misma,
sin necesidad de otra-
Y el viajero llega a Finisterre.

o



28



Se encienden luces a lo lejos,
allá donde alcancé una vez
y ya no alcanzo.
Bailan desnudos,
borrachos, antes de la tormenta.
Yo voy en contra del viento,
que arrastra papeles y hojas
por el pavimento.
Recuerdo que tuve memoria,
una amplia plaza en Venecia
donde se oían voces de niños
que cantaban.
Altos tilos,
peces veloces, fugaces fiebres,
París en una mañana de invierno,
mayólicas, escayolas, terracotas.
Una rama se quiebra,
alto, sobre mi cabeza.
El ruido del viento
cubre todo otro ruido;
oscurece cuanto puede oscurecerse,
el libro se deshace,
sus páginas se desparraman
sin nada que las sujete.

(Atardecer del 30 de setiembre, 2002)

o

29



Ya no partículas infinitas y diversas,
grandes, pequeñas, lisas,
rugosas, cóncavas, convexas:
apenas un continuo agrisado
por el que transitan sombras
que existen en espejo
y hablan en eco.
Ya no viajeros a Egipto
en pos de la geometría,
a la India tras los filósofos descalzos.
Se detienen en la orilla.
El mar es interminable, oscuro y compacto.

o

30



Inmóviles átomos sin anzuelo
(papel en blanco la razón,
tabla negra el sueño.)
Vela el animal, no el número.
No es intenso sino lo tenso,
que se estira un poco y se rompe.
Nada es antiguo, entonces
no se nace, se come con las manos
lo que la boca rechaza.
Y quien habla
huye del conjunto,
y contra el muro del jardín desierto
la inocencia concluye
y se hace tarde.

o


31



Encenderán fuegos, andarán
hasta olvidarse de qué están hechos,
que frágil azar los sostiene.

o

32




Se hizo la luz
como se hizo el polvo.
El silencio retumba
y por el agua, cuanto se desea
y se olvida y se rechaza.
Bajo la tierra, cava el minero;
su hijo, bajo el sol,
duerme y sueña
y en el sueño sangra.
Pero todo concluye
en libro, como tal neutro,
fósil. Quien lo escribe
se pierde como criatura,
pierde los párpados.

o

33



¿El gran guionista? En su escrito,
¿mi alumbramiento? ¿aquello,
aquél que va a matarme?
En el polvo en el aire, un pasaje
se vuelve polvo antes de significar algo.
¿Hay un secreto, una confidencia
de amante a amada, entre los bulbos?
No lo sé. Apenas sé que no comeré
el alimento reservado a quienes aun sin ojos
verán la luz del día.
¿Qué es mío,
entonces? ¿Qué será mío
en esta franja extendida de horror a piedad?
Un rostro desconocido
se lanza contra el mío. Y
lo que una tarde sepulté
no deja de ser hija, y lágrima, y humana.

o


34




(Rávena)

Cuando no se lo espera, gira el viento.
Contra los viejos muros,
los viejos mosaicos.
El viento.
Atardece seco en la memoria.
Anochece en la camisa del débil
que lleva mi nombre
y sabe que jamás llegará a Oriente.
Alguna vez infancia, hollín,
creosota, sábanas.
Un temblor
de agua en el agua.
Y alguien que corría
porque ya era la hora.
Porque algo, abismal, invisible,
lo llamaba.

o



35




(A Miguel Ocampo)

Tal vez mañana deje de tener sentido
la poesía. Será entonces
todo semejanza, tendremos
los ojos abiertos, respiraremos.
Un papel de fino cobre flotará en el agua
y ya no será sombra la de la carne
a la luz del mediodía.
Crujirá una madera y se diseminará el eco
hasta más allá de nombre y peso.
¿Será el final? ¿Y el alumbre,
la geometría, el jugo de las frutas,
la fosforescencia de los peces en el abismo,
el número de oro del muslo,
el tiempo?

o

36



¿Hay algo afuera,
detrás de la última piedra
más allá de los altos tallos
que crecen sobre el horizonte?
Aquí se levanta el árbol atado,
la boya que alumbra las monótonas ondas
en la superficie.
¿Allá acaso otro ámbito,
otra iluminación,
otro viento sobre la hierba,
sin error ni ceniza?

o

37




Detrás de la pared,
una región gris, sometida
a una respiración de buey,
sin centro de razón o misterio.
Adentro, un mapa ajado y erróneo,
una mano persigue la luz
como un colérico la sombra.
En el patio, el árbol podrido
apenas respira por la corteza;
el viento sopla
y no renueva el aire.

o



38



Voy adonde hace frío,
ruedo sobre lo que quedó de mí.
Atrás, los días en puntas de pie,
el límite del bordado,
el olor a sombra,
el sueño vaciando de sueño a la lógica.
No se desnuda el cuerpo
ni se salva la errata
en la química del mundo.
Voy hacia donde todo se ovilla,
pierde su extremo,
disuelve su centro.

o

39



Arrecian el silencio, la herrumbre.
De lado a lado, por
un hueco de mundo, este viento
o dolor o arte de insectos.
Ahora es sólo el juicio de la sal,
el parecer del óxido,
la razón o locura del tiempo
que comerá sin jamás saciarse.
¿Adentro, tal vez, ecos,
reverberaciones de pasos,
voces, secretas y apuradas cópulas,
órdenes y vientos y altos oleajes,
que se harán más y más inaudibles
hasta desaparecer?

o



40




Arde el papel donde se transfigura el mundo
y se disipa un amor tras su lado en sombra.
Envases donde hubo ansia,
ahora vacíos.
Y es crujido en la noche,
formas huecas en lo hueco del silencio,
hierba creciendo del aire que nadie enrarece,
del agua que nadie ensucia.

o

41



(Wagner, Preludio de Lohengrin)

Desnudo, cae quien supo ver el mañana
en el vuelo de las aves,
como cae también cuanto debiera alzarse
sobre el ciego manto de las cenizas.
Adelante, frío y mar extenso y desolado.
¿Parirás con dolor, jurarás
con la mano puesta sobre una piedra,
derramarás llanto y orina
en la tierra donde ya no crece la hierba?
¿Qué es música, deseo,
luz en el parador de los inocentes,
qué no es cometa, polvo?
¿Cuál es el cuerpo y cuál la sombra,
cuál la madera y cuál el resabio,
hasta dónde la cifra y hasta dónde la pena?
¿Qué nos ata a este lugar
que poco nos da y casi todo nos quita?

o

42




Vestigio, sueño puesto del revés,
cierta sombra incierta
recortada sobre arena blanca.
Fue cosa, llena o hueca.
Fue órgano, fluencia, mecánica.
Apena débil nota en infinita música
que progresa en grandes olas hacia el rojo.
Le hablo, no responde.
O responde por él, o ella,
no el cuerpo sino su imagen,
no el ansia sino lo que del ansia
se separa del mundo y se asfixia.

o

43




De la vida huye el poco aire
que queda bajo las hojas,
nada lo retiene. Asfixia,
cordón que aprieta,
el cuerpo que pende,
inmóvil,
sobre aislados vestigios de amor,
de mundo.

o

44



El cuerpo quemado, la verdad en remolinos,
la mentira, la mujer desnuda ante sí misma,
ante el sulfuro, la redención, el cólico,
lo que se desvanece, lo que se encarna,
la eternidad que pasa, una mosca,
la rotación, bóvedas, un vapor, sollozos
todo a precio, a poco, a menos que nada

o

45




(Eusapia Palladino, Abruzzos, 1862 )

De pronto, desde todas partes,
puntos fosforescentes, manos
despojadas de cuerpo,
lejanos llantos de hombres y mujeres,
ruidos de olas sin océano a la vista.
Está sola, entre formas, voces y figuras,
hasta que ya no puede más,
cierra los ojos, llora, tiembla
y grita. Afuera,
sin saber lo que sucede,
alguien pasa montado en un burro,
alguien vende panes y verduras
y, en las montañas,
dos se abrazan y se besan,
se prometen lo imposible.

o


46



(Pasolini)

La razón casi se licúa
ante un mundo apenas entrevisto:
la piedra antes de la piedra
y el sueño después del suplicio.
Una sombra nace con el relámpago.
La nombran y el nombre
describe una curva sobre el asfalto
adonde van a dar,
desnudos e inocentes, los culpables.
Se aman, se matan.
Por ellos, no por otra voluntad,
amanece, crece la planta,
viene la sed que sacia, y no, el agua.

o





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Copyright © Carlos Barbarito 2005

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