CARLOS BARBARITO


poesia quebrada









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CARLOS BARBARITO
POESIA QUEBRADA, PRIMEROS POEMAS Y POEMAS DISPERSOS


Me decidí por situar en esta sección un material de diversa y remota procedencia: poemas publicados en hojas de escasa tirada, en diarios y revistas, en plaquettes y, también, inéditos hace décadas guardados en los cajones de algún escritorio. No puedo hurgar entre tantos materiales sin experimentar una extraña sensación : quien hizo eso fui yo y no. Esencialmente (¿qué significa esencialmente? -se preguntó alguna vez Borges) el autor de estos poemas es el mismo que ahora escribe esta breve introducción, pero, también, pasados tantos años, mucho me aleja de ellos, los veo ingenuos, inmaduros. De todos modos, todavía hoy, compruebo de ellos sinceridad -puedo decir, sin temor a equivocarme, que estos poemas me retratan de un modo más fidedigno que cualquier fotografía mía entre los dieciocho y veintitantos-. Quizás esa ingenuidad, esa inmadurez me llevó a jamás citar estos poemas en mi bibliografía; lo que no impide que ahora los recoja para testimoniar un momento en mi vida literaria que me llevó a ser este que soy. Retrato del artista cachorro -diría Dylan Thomas. De cuando participaba activamente en la llamada prensa alternativa o subterránea y repartía pequeñas revistas mimeografiadas en los conciertos de rock y viajaba cientos de kilómetros para leer ante mínimas audiencias. De cuando, en la larga oscuridad de la dictadura, anotaba mis dolores y mis sueños y casi no publicaba, no por falta de inspiración sino por ahogo, por asfixia. 1973-1985: entre estas fechas puede ubicarse lo que sigue. Quizás un poco antes y un poco después, no importa. No me olvido de reproducir dibujos de Libero Baadi y Salvador Galup que por entonces acompañaron a estos y otros poemas que se perdieron sin posibilidad alguna de rescate. De cada poema cito su fuente original - en caso de haber sido publicados-; al final hay un poema del que considero mi primer libro, Poesía quebrada, incluido en una colección artesanal debida a la constante, apasionada labor de un poeta, Alberto Luis Ponzo.

C.B.
San Miguel, Buenos Aires, 4 de junio de 2004.

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Diario de abril


Atardece, el viento penetra por debajo de las puertas
y, en las terrazas, las ropas danzan la triste música del otoño.
Veo a dos adolescentes acariciarse en un banco de estación,
ella tiene los ojos azules y él la aprieta contra su pecho.
Después, ¿buscarán una habitación
y se desnudarán el uno al otro y en silencio, la luz de una lámpara?

¿Qué es el viento? ¿Quién es que me llama por mi nombre de viajero?
¿Qué soy, quién soy que me miro en el espejo y no me reconozco?
Y la respuesta que tarda en llegar,
y mi hijo que duerme su sueño de invertebrado en el vientre de la desconocida,
ahora que estoy solo, en otoño, y ningún pájaro me sobrevuela.

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(Publicado en una plaquette titulada Música de cámara, Ediciones Kosmos, Buenos Aires, 1981; este poema, que tiene varias versiones de las que elegí ésta, fue recogido en numerosas publicaciones entre 1976 y 1980.)





dibujo de Libero Baadi

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Tengo pocas cosas

Tengo pocas cosas, todas erradas, débiles:
recuerdos como lloviznas, un apellido que pronto olvidaré,
el corazón lleno de incertidumbres, los ojos heridos por el otoño.
Ayer enterré a mis muertos, cerré sus ojos y besé el hielo de sus frentes.
Y después lloré hasta quedarme sin lágrimas,
solo bajo la luz de una lámpara, rodeado de fantasmas,
sepultado vivo en un mundo que no me ve, no me habla ni me oye.

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(Publicado en una plaquette titulada El teatro y la demencia, Colección Fénix No.4, Buenos Aires, 1981. De éste y los restantes poemas dice Antonio Aliberti, en Estante de Buenos Aires, diario La Voz de Castelar, mayo de 1981: Barbarito dice en diez poemas más que muchos poetas en varios libros. Y hay que ser justos, nadie crece porque sí, como quien saca un tapón y se desborda; quiero decir que el trabajo anterior de Barbarito sirvió para hacer esto, que quiere remarcarlo, es importante. Un poeta que, intuyo, está para grandes cosas.)






Escrito en la pared del siglo


Qué esfuerzo el de la tibia por alcanzar al pájaro,
el del vaso por contener el alba,
el del caballo por ser mariposa.
Qué dolor el del que da de beber a su propia sombra,
el del que siempre anda descalzo sobre las brasas.
Qué número el uno irremediable,
qué desnudez la del que nunca anduvo desnudo,
la del que llora al borde del pañuelo
su hartazgo de dioses y su hambre de alimento.

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(Publicado en la Revista Disámara, No.3, San Nicolás, Buenos Aires, 1984)










dibujo de Salvador Galup

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Nueva entrada de Cristo en Bruselas

A Daniel Mastroberardino



Porque lo andado, si vuelvo la mirada, es demasiado breve
comparado con lo que me aguarda,
adonde camino para cumplir el doble, inevitable destino
de fundir mi carne con la carne de la palabra
y perderme, más allá de nombre y medida,
ya sin palabra, destino y sustancia.
Los sueños no alcanzan para mitigar el alma,
ni la memoria de Ostende, bandadas sobre grúas y engranajes;
ahora formo un cuenco con mi mano
para que la sangre derramada no se pierda,
y pienso en el lastimado, desnudo otra vez sobre la tierra,
desnudo y desclavado, listo para andar de nuevo
desde una Bruselas de pétrea arquitectura
hacia un horizonte de enloquecidas mariposas blancas.

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(Publicado en la Revista Empresa poética, No.2, Buenos Aires, enero-junio de 1985)





Reunión de fuegos


Arden los cuerpos de los muertos y el humo asciende y forma nubes
que se retuercen, espasmódicas, en el viento.

Arden las ramas y las hojas que los niños arrancaron de los árboles. A
la luz de las hogueras otro niño dice tengo miedo.

Arden las estrellas y un hombre y una mujer se buscan. Entrelazados
ya no son sino un mar único cuyas olas golpean con furia los arrecifes.

¿Arderán el papel en el que escribo, mi mano que escribe, arderé
por entero en medio del poema cuando yo esté en pantanos de sangre,
puentes de sogas y cañas tendidos sobre las boces de los volcanes?

En mundos violentos moramos.

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(Escrito hacia 1980. Publicado en Anuario de poetas argentinos, Ediciones del Dock, 1990. Selección de Joaquín O. Giannuzzi. Cristina Piña y Francisco Madariaga)









dibujo de Salvador Galup

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El peso del viento, la sed del suelo.
Sin mar, todo larvas, agujas, el cieno, los pudores.
Una edad inocente, iletrada.
Ninguna huella puede verse en el agua.
Ninguna ola entra hasta lo secreto y profundo.
El aire puro nunca se exhala.

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(inédito, ¿1978?)






Andenes llenos de frutos y de sombras. Una cortina de teatro tomada por el fuego y el fuego que se refleja en la mirada de un niño. El viento. Presagios de amor o de crimen.

Pero la vida, la verdadera vida, no empieza.

Pregunta Robert Graves: ¿Volverán nuestros oídos a recrearse en la melodía del zorzal, cantada como si la hubiera inventado él mismo? Cerca, un perro inclina la cabeza, otros perros juegan. Hileras de hormigas en algún jardín.

Pero la vida, la verdadera vida, no empieza.

Un hombre y una mujer se desvisten y uno al otro se miran. El hombre besa la aspalda de la mujer y luego la mujer pasa su mano por la espalda del hombre. Afuera cenizas, hojas secas.

Pero la vida, la verdadera vida, no empieza.

Números, la palabra acacia, el sabor de las lágrimas, la corriente, el perdón, prismas, lilas, metales, pasajes, lagartijas, mitras, un espejo, una balanza, un bote, una pared, ropas al viento.

Pero la vida, la verdadera vida, no empieza.

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(inédito, hacia 1982)











dibujo de Salvador Galup

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Nada fue poseído nunca, ni la infancia.

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(Anotación en un cuaderno, sin fecha, tal vez 1981)





El ala tiene un lado roto
y el trapo que fuera la gracia
se apolilla en un rincón oscuro.
La sangre no se agolpa,
el instante se disipa
sin bisagra ni engranaje.
Si se existe -pienso-
es por una grieta en las paredes,
un error, un sueño mal recordado,
cierta dosis de ironía
y poco más que eso.
La tierra pesa como un muerto.
No hay cielo ni en la infancia.

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(inédito, ¿1983?)






Rainer Maria Rilke y yo en el 269


El invierno reporta su frío entre los pasajeros
que duermen o conversan.
Siento que no tengo sitio en este mundo,
que es todo es ajeno y extraño,
hasta la camisa que visto, el pan que llevo en la bolsa.
Abro tu libro y leo:
Solo, ¿qué debo hacer con mi boca?
¿qué de mi noche? ¿qué de mi día?
No tengo amada, no tengo hogar,
lugar ninguno donde vivir.
Querido poeta de Praga,
qué poco cambiaron los tiempos.

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(1982. Publicado en Poesía quebrada, Mano de Obra, Buenos Aires, 1984. El 269 es el número de una línea de ómnibus, aquí llamados colectivos, que recorre la zona oeste del Gran Buenos Aires)


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¿ De quién la pulpa de la fruta
cuando pende sin testigos de la rama más alta?
¿ De quién el día perfecto, la noche exacta,
el círculo, la piedra sin falla,
lo inexpresable, lo último y más secreto?
¿ Quién es señor del agua,
patrón del fuego, capitán del aire
cuando es viento contra los árboles?
¿ Y este perro que ladra a la belleza,
que muerde su espesor y su sustancia,
este hombre que siembra en el barro,
descalzo y solo bajo un sol indiferente?
¿ Qué somos cuando sólo hay sal y sangre,
sombras de bromo en largo cortejo,
luces submarinas, frágil paraíso que se disipa?

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© Carlos Barbarito 1984



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