CARLOS BARBARITO


la luz y alguna cosa






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Hay que ser bilingües incluso en una sola lengua,
hay que tener una lengua menor en el interior de nuestra propia lengua,
hay que hacer un uso menor de nuestra propia lengua.


Gilles Deleuze.

o





















Entre los dos -uno
que no nadó nunca y esperó en la orilla,
y una que nadó entre campos de ahogados
y naciones de algas para abrazarlo-
hay ahora
algo a lo que no atinan a darle un nombre
(cubre de polvo el camino de piedras blancas
e inclina con su peso las ramas
hasta obligarlas a tocar el suelo).
Ayer
tenían la mirada puesta en un sol remoto
y sus pies pugnaban por abandonar el suelo;
la carne se les volvió vidrio, se hizo trizas,
un niño recoge los pedazos, se lastima.
Este lugar que fuera de ellos
esel actual desierto en el que se extravían;
lo que los separa desde hace un momento
dura ya siglos.
El niño
se mira la mano,
grita.




o






Afuera la noche respira,
parece una ballena cansada.
En el cuarto,
el Juicio se abre:
No mataste pájaro alguno,
de tus labios no salió jamás
maldición alguna contra la lluvia;
no es suficiente,
te faltó arribar, por ejemplo,
una tarde a Estambul,
no encontrar a quien debía esperarte en el puerto,
andar por un laberinto de calles
repitiendo a gritos un nombre,
acabar en una cama de pensión y tener sueños
de tejas rotas, de cigarras muertas,
de mercados en llamas.
Y también
descender por una ladera escarpada
hasta el estrecho valle
donde las aguas se juntan
y, entre olas de amor, de odio, de pena,
de duda. de desesperación,
de angustia, encontrar por fin una llave
o un nuevo nudo de sogas.
Afuera
cada cosa se abandona a un ciego azar,
cada ser entra descarnado al olvido.
Adentro, una aguja fina
penetra la débil defensa de quien escucha,
interesa su centro,
lo perfora.

o






¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
Pablo, Romanos VII.


Golpea la puerta cerrada de una casa
a oscuras.
Llueve.
Su cabeza sabe
que va a morir y que, antes,
un poco antes, se topará cara a cara
con eso que funde los pasos de un hombre
con el efímero y errático
vuelo de un insecto.
El agua lo moja:
para que esta lluvia caiga
como cae, y lo moje del modo en que lo moja,
debió suceder algo vasto y terrible
en otra parte:
la extinción de una especie,
muerta de sed a orillas de un río seco,
las nubes huyendo grávidas
de toda el agua, sin sentir culpa alguna.
A sus golpes nadie responde.
O sí,
una voz remota, casi inaudible,
que le advierte
lo que su razón ya aceptó
y su corazón rechaza:
Hasta
el fuego un día reposa,
frío.

o





(Jackson Pollock, Océano gris)


Un golpe seco en mitad de la espalda.
En ese golpe y en la magulladura
levanta una casa, y en ella
madura para el arte y para la muerte
(The running water and the standing stone...)(*)
Aún está el árbol flaco
al borde del abismo, el río
cuyo cauce seco pare las preguntas
(¿Es esto todo, el corazón
y a un paso el viento que devasta?
¿Hay un único camino, éste,
abierto a pedregales, a desmoronamientos?)
Mira:
camiones detenidos junto al camino,
conductores que duermen
o pulsan el siempre pesado cuerpo de las meretrices,
y sudan, después tienen visiones
de hierros oxidados, de densos aceites
que chorrean de máquinas abandonadas
y se mezclan con las pinturas que cubren el rostro
de quien augura, sin estremecimiento alguno,
el final de lo visto y medido.

o





Sepultado bajo capas de tiempo.
En el fondo una lámpara parpadea,
un insecto baja por el cable.
Una casa perdida
en un mundo perdido,
amplios y oscuros corredores
(amores secretos, proyectos de crímenes)
echados abajo por la tormenta.
Aquél,
no digo el nombre, con la respiración
tomada por el asma;
aquel otro, no recuerdo su nombre,
abrasado por una pasión
más fuerte que su cerebro.
Lo veo escrito:...un niño no debe...
Y sin embargo, miré.
La imagen fue terrible, persiste.

o







Sorprendidos en el acto de mirar un paisaje
que no es el mar ni arderá nunca; negro y ocre,
se imprime en la piel del alma:
en la parte blanda,
hasta vaciarla de soplo; en la parte dura,
a la que erosiona un viento en cuyo dorso
no se cumple la Ley del Mundo.
Allí,
ante sus ojos, ninguna feria
(ni hierbas, ni polvos, ni ungüentos,
ni fetiches, ni corderos, ni raíces),
sí algo terrible y secreto que se les revela,
los obliga a regresar convertidos en otra cosa,
una edad clara y virginal que se extingue.

o






Sobre los despojos, las bocas abiertas,
los ojos abiertos
( distante,
un dios dibuja círculos, triángulos,
geómetra, no padre).

o







Cuarenta siglos hacia la piedra de amor
la piedra de muerte
(¿Preguntarle al fuego que quema todo ayer
e impide el paso hacia el mañana?)
En el sonido no hay alivio
En el silencio hay un alivio momentáneo
En la locura, apenas un pliegue en una sábana
y una vena que lleva grito de animal
ante su hembra rota
¿En la cordura?
Vestirse, desnudarse: el deseo sube
y baja del mismo modo, siempre una boca espera
para morder falsa luz o verdadera sombra

(El viento, lejos, sopla contra muros de lluvia,
el agua se oscurece, no dura en los huecos)

o





Pugna, uñas y dientes contra la ventana,
el vidrio no se rompe;
de sí cuelga
un racimo de hijos ciegos,
las piernas blancas, los brazos blancos.
Rueda con la rueda que muele
y disemina lo molido,
cercado de sus propias y sucesivas sombras,
nacidas del insomnio.

o






Abandonado en el aire libre, al cansancio, al frío...
Juan Carlos Onetti.

Junto a la espuma de un mar extranjero.
Pero no ser el pez, ni siquiera el alga, o
la escoria:
inmóvil,
inútilmente cubierto de espinas.
No contar con una mano para hacer visera
y con otra mano para arrancarse las espinas,
no tener piernas, y pies,
no poder andar hasta el centro de lo conocido, y, allí,
besar la bolsa cálida donde estuve alojado,
o internarme en lo desconocido, y trocar,
entre sacudimientos, temblores.
¿cómo?, el destino en su reverso.

o





Del cuerpo queda poca cosa,
algún eco, una huella casi borrada,
una sombra, ni siquiera la más definida,
nada en él entero y lleno
para obtener cierta gracia del fuego,
una mínima absolución del aire,
un remedo de salvación
soplado desde las bocas del agua.

o






(Paul Klee, La luz y alguna cosa)

Bajo la luz aguarda el momento de revelarse,
de saltar desde el fondo hasta nosotros.
Por ahora sólo se extiende,
invisible en lo profundo, sumergido
en lo luminoso, espera
sin desesperar su día:
cuando sea púa
en la carne de quienes vivimos
sin saber que estamos durmiendo,
sin saber si despertamos.

o





(A Pierre Jean Jouve)


Desnudo, careciente, frágil a punto de romperse,
reciente y por ello inmaduro para la vida
y ya maduro para la muerte.
Salido recién
de una boca de misterio, dentro
de la que oyó, voz, aullido,
y desde la que preguntó,
en otra lengua, sin encontrar respuesta:
¿qué es este presenimiento
de agujas, de ojos, de éteres?

o









Ruidos
(aguas
en rápida cascada hacia el centro
abierto entre rocas; voces
extrañas, extranjeras
venida por una infinidad de conductos;
golpes de helados meteoros
contra las paredes de los días.)
Y bajo esos ruidos otros ruidos,
que los oídos casi no identifican
(¿ el derrumbe
de la casa del verbo,
el choque del amor contra un seno,
oscuro?)

o









Si bajé al pozo negro donde caen los sueños
fue por amor, no por otra cosa. Remé
con remos de esponja por el agua más dura:
alrededor de mí
se ahogaba lo necesario, lo querido,
el grito de la virgen desflorada por un lagarto
desde una cama plantada entre opuestas corrientes,
el peso del aire en una ampolleta,
cierta sombra que aún hoy
no puedo memorar sin que se lastime
el triste animal que cuido.
Si bajé
fue por amor a lo que todavía
(¿hasta cuándo?)
incendia la lluvia cuando todo es tiempo,
culpa.

o





(New York, 9 de noviembre de 1953)

Lo golpean en el pecho
y en la espalda y no despierta. Es un sueño
profundo, largo, un sueño-
chimenea.
Los relámpagos lo acuchillan,
perros rabiosos le saltan a la cara
desde los muslos, su padre y el padre de su padre
le entran al pecho con palas y lámparas
y cavan la tierra de las horas
hasta la infancia, pero
no abre los ojos, no despierta.
Duerme en un mar vasto y quieto,
en un cálido exilio viejo como el carbón
y nuevo como un recién nacido.
No regresará, no puede regresar, ni quiere.

o






Este deseo, ¿es macho o hembra?
Desnudo en el pabellón de las sombras,
con otro catecismo en las manos (posesos,
ellos, desnudos entre sábanas revueltas,
los sexos húmedos, las manos crispadas
hacia un remoto dios que adelgaza)
¿Es macho?
¿cuchillo que interesa la carne viviente,
boca que sopla sobre un breviario
de páginas de cobre?
¿Es hembra?
¿carne prensada por el peso
de tanto amor o de tanta muerte,
pez de aliento abierto o sellado
enterrado en lava, arcilla frías?

De puro milagro, no por ciencia,
se sostiene.

o





Aún
el viento no tiene lengua,
el fuego no tiene casa,
el agua no encuentra fuente,
ni vaso.
Aún
todo está roto y disperso,
roto y disperso.

o




Leve ala de fe
sobre el incendio del mundo.

o





Sube por las raíces de los árboles,
espesa y constante sustancia de pena.
Fuimos niños ante los huecos,
las lluvias de ceniza, la palabra nunca,
las espaldas sucias, la luz
contra los espejos.
Sube.
No se detiene. Todo
lo anega, el corazón,
los andenes, el agujero
donde hubo Filosofía.
¿Qué,
ahora mismo, en esta mañana,
en este instante?
¿Qué de Mondrian,
de Beckett, de Bacon, de esa mujer
que ayer tocaba
Bartok en el piano,
de los que esperan,
de los que ya no esperan?

o












Estamos desnudos, ¿para el amor?
¿para la muerte?
La mano hasta el fondo
de un agujero, allí,
de todos modos, siempre,
un idioma sin subjuntivos,
que no entendemos.

o







Y es por dentro densa y triste.
Susana Thénon

Saber, no saber, todo
se confunde, y extravía adentro de una sustancia
triste y densa.
La imagen
que cifra estos días:
una boca partida.
¿Qué mitiga el dolor?
¿Qué cura la visión
encajada en un monótono repique de campanas?
Velar, no velar, todo
retrocede, se deshace,
cada golpe de palo
contra el parche del deseo,
cada beso en el madero de lo efímero.

(Una gran ola, viva y brillante, se aleja)

o






Oú finit le voyage?
J.P.P.


Parte:

Un ojo para el que la dicha se hace borrosa, y más atrás,
un lento desfile de formas desde el sueño hasta el sueño
Un remoto amor, un rasgón en un pedazo de franela, un
torpe idioma de silencios y anzuelos
Un día que el deseo creyó eterno y que ya se diluye,
montón de arena que sucesivas olas penetran hasta
el centro
Una tierra amplia que no se llena, un breve mar que nunca
será, lo sabe, unánime
Otro amor, golpes de alas contra puertas cerradas y
tabiques, en el fondo de la tierra
Un agujero por el que huye la infancia
Un papel que la angustia volvió puro, un poema que
este otro poema justifica o convierte en materia
inútilmente densa
Un niño con sus mismos ojos que llora por un juguete
perdido entre truenos y motores

Todo cuanto deja.

o








¿Hay alguna señal en el agua,
un signo en el fuego,
otra comida de que alimentarme,
un día que no sea un préstamo,
carne que no resulte combustible,
un despertar sin frío en los pies
y un polvo gris en la frente,
un niño, el que fui, que no me pida
lo único que no puedo darle?

o







I

Miran:
un animal despierta, un nube brilla
encima de los árboles, el viento
agita apenas la hierba, un niño se aventura
en un agua poco profunda,
la luz del sol se desmaya contra un muro
desnudo y blanco.
Se miran.
Se desean y se abrazan,
olas que avanzan, retroceden, avanzan y retroceden.
Cuando se separen se sentrián ligeros,
delicados.
Dirán:
El mundo es nuevo.

II

No pueden verme a mí
que estoy en lo oscuro, porque
sólo tienen ojos para lo que está iluminado
y, entre vigilia y sueño,
da siempre el mismo y puro rostro.
Lejos, me seco
sin que ellos ni siquiera lo sospechen
y es mi culpa.

o







(A Anne Sexton)


Rueda sin descanso por lo que,
dado a vivir, se retuerce sin fruto. Y
la gracia no le llega, sólo su propio perfil,
reflejado en un espejo, extraviado entre postales
de un mar inmenso y encrespado.
(Golpe
de punzón contra una madera blanda,
del tajo fluye una materia densa y blanca,
que lleva grabada la marca de la culpa.)
Rueda por ciudades que andan lentas
empujadas por una brisa mínima,
no pueden llegar, ni llegarán,
a las bodas del cordero y la cordera.
Sangra sin cesar y no acaba de desangrarse,
deja un reguero y sobre él, manchándose,
los niños, los hombres
-juegan, se aman
o se matan-, la ortiga expía quién sabe qué pecado,
sola, lejos, contra una alambrada.

o








¿Quién grita? (El mar,
desde sus bocas y las bocas de los peces).
¿Quién llora? (Entra
en un túnel, no dice adiós,
tiene los labios sellados, antes
de perderse en lo oscuro levanta una mano).
¿Quién pide? (Lueve
y ya no es temprano, se moja
hasta la sombra, el eco, la memoria).
¿Quién ama? ¿Quién odia?(Se
abrazan o se lastiman, y es como una misma cosa,
ruedan hasta el fondo
y allí caen, con los ojos abiertos).

o








¿Cómo mirar al centro de las llamas
donde se retuercen los húmedos en pura alabanza?
¿Cómo soportar la gritería de los que no entienden,
se preguntan el uno al otro
y le preguntan a lo invisible, y no entienden?
¿Cómo explicar esos ruidos
detrás de las paredes,
como si azotaran la espalda de un niño
y sólo se oyese el golpe del látigo
y no los lamentos? ¿Cómo
decir aquella boca sin que se presente
en el acto esta otra boca, rota
y caída entre los cardos? ¿Cómo nacer
si todo empuja a morir?

o





(A Alejandro Kuropatwa)


No, no más el gesto del hada tras la puerta:
consumido el niño en el vértigo
de un mal sueño -el último-
se abre la noche, una viga incierta,
un rayo silente contra el espejo de la sangre.
Otro es lo que espera en el umbral,
no el perro bueno, manso, sus ojos
sino el viento que despoja de ropas
y lanza a los desnudos contra sus propias, inmóviles sombras.

No más la curva del muslo
visto en el instante del estallido de magnesio:
entonces el mar retrocedía,
se mezclaba con la tierra;
otra es la vasija que a todo lo contiene,
es débil, se rompe al menor soplo,
a las más pequeña vibración:
¿qué palabra, o rito, sobre estos pedazos?
¿dónde el ángel en escorzo,
libre de huir o de internarse entre quillas y llamas?

Y sin embargo no muere.

o






Lo prometido gira dando la espalda.
No adquiere forma ni peso lo esperado.
¿Atrás y abajo, lejos,
la blanda pulpa, el eje sobre el que se monta
lo bueno, raros
y altos helechos bajo la lluvia?
-cierra
el cuaderno donde cada día
escribe las mismas, desesperadas preguntas;
mira afuera a través de una ventana:
minúsculas gotas de rocío
en las hojas de los árboles,
reflejan el cielo, las nubes.
Se queda mirándolas, sin pensar en nada,
siente que en ese mínimo gesto
encuentra un poco de alivio.
Una tras otra las gotas caen,
se deshacen contra el suelo.

o





(En memoria de Enrique Molina y Jorge García Sabal)


El agua horada todo espesor
y la tierra se abre bajo los pies,
y alguien escribe frío de pez, de ojo de pez.
No hay sueño que se refleje
en la superficie del agua que cava.
Y la tierra se abre.
Fueron péndulos, fermentos, trópicos,
gritos puros, largas espaldas sobre inquieto reposo,
chispas en fuga.
¿Y ahora?
¿Despojos de frutos, polvo de alas,
figuras pálidas que menguan hasta desaparecer?

¿Hasta desaparecer?

o





Oh Marchito,
breve ha sido el jardín.
Amelia Biagioni

I
Una vez llovió sobre un pájaro muerto
El viento abre y cierra una puerta
Una fotografía: un hombre con lodo hasta la cintura
La palabra alga y la palabra perro en una página de infancia
Una voz efímera y otra voz aún más efímera y una tercera,
casi inaudible entre los ruidos de la tormenta
Humo de algo que se quema, olvidado y remoto

II
(Me dijo: suena música de sílabas y pulsos, ya el fuego
avanza y la juzga)

III
¿Cómo desnudarse del todo, cómo librar de escarcha a los
huecos, cómo ir más allá del umbral, cómo respirar en
ausencia de llaves?
Sopla el huracán sobre los panes, el silencio levanta una
casa y adentro se consume un inocente
Sólo el miedo obtiene perfección
Sólo el miedo mide con su vara la distancia que separa
al heroísmo del suicidio
Oscuro cráneo de poema, órbitas expuestas a la más acre
profecía

IV
(Me dijo: no habrá piedad, no habrá piedad)

V
Hoy no sé qué es cierto, ni siquiera si es dolor lo que me
produce la aguja en la carne
Sombra de amor, errante vulva de amor sin sosiego, ojo
de oscuro caballo que otros llaman aire y otros, niño
La tierra se aparta, el mar encuentra una soga, el rayo
su pulpa
Ya no hay regreso, ya no hay regreso, ya no hay regreso

Frío, hace frío, un frío ancho y espeso, sin reverso ni grietas

o






Cae y no sabe por qué. Sin final
aparente, por un largo, estrecho y oscuro pozo.
Debió acontecer algo grave,
muy grave, en el principio
cuando todo era, todavía,
mansos potros bajo la lluvia.
Algo capaz de alterar
lo que era órbita alrededor de un eje,
sutil equilibrio de balanza
entre alas,
péndulos
(¿un estallido de relámpago
justo encima donde las aguas se reúnen?
¿la voz de la muerta en el sueño de los tallos?)

o





¿Adónde iría si no existiese
el lento derramarse de la leche,
el gotear de la saliva
sobre cierto papel sagrado por lo leve,
el olor acre que, desprendido
de la madera, trae vigilia
al sueño y sueño a la vigilia?
¿En qué creería si no fuese
por aquel fósforo que alguien
que no conozco enciende
acaso tan sólo para encender un cigarrillo,
allá lejos, cuando está oscuro?

o





Noche:
insecto
con un ala perforada, música silente
apenas bailada por un desnudo y su sombra:
oscura
la mano, la mano en oscuro,
oscuro el fondo, y húmedo,
y húmeda la pared donde nadie,
o alguien se apoya, se masturba
hasta caer exhausto.
Hora
de prosar el dolor, de animalizar
la respiración, de succionar
el clítoris de la muerte.
¿Qué
teoría ante eso que fluye y no coagula?

o





Aúlla, resopla, se retuerce.
Tiene una pared enfrente,
una pared blanca. En otra parte,
hieren por herir
y el mar se traga un fémur de pájaro
y después una ciudad.
¿Tiene ojos?
¿Qué era cuando cachorro
y yo también lo era, y llovía,
llovía de modo azul, lento, oblicuo?

o






La cabeza afuera,
el resto del cuerpo bajo el agua.
Ya no mueve los brazos
ni las piernas.
No
recuerda quién lo empujó,
ni por qué, ni cuándo.
Eso no es la más terrible.
Lo más terrible para él es que,
por alguna razón ajena a su deseo,
no se ahoga, no lucha
pero vive, respira todavía.

o





(A Roberto Aguirre Molina)

Un clavo en la boca. El viento
silba, golpea puertas,
trae un nombre, nombres.
El mundo es un largo camino,
un campo vasto, cielo,
nubes, cosas, soplo, seres.
Pero ese clavo, ese clavo
en la boca. Y
la tierra tiene fuentes,
profundas, secretas, y
a veces los ojos oyen,
y los oídos tocan, y
las hélices giran, y el éter,
espuma, brasas, telas,
sombras y soles. Pero
ese clavo, ese clavo en la boca.
Lluvia y rueda son la misma cosa.
El carbón ante los ojos.
Una gran rama rompe el vidrio
y cae en medio del cuarto,
a los pies de un niño.
El niño no se asusta,
le pregunta de dónde viene.
Una ciudad surge y se desvanece.
Un relámpago exhibe su doble vientre.
El tiempo se mueve, no reposa.
Hay balidos, aullidos, mugidos,
luces rasantes, resplandores.
Pero ese clavo, ese clavo en la boca,
en el corazón,
en las manos.

o






No hay gloria aquí. El polvo
se acumula, los papeles se juntan
en los armarios.
No hay gloria;
ni vivo azul, ni astilla luminosa.
Quien quiere mirarse adentro
mira sólo afuera y quien quiere
mirar afuera mira su iremediable oscuro,
su silencio.
Es un fruto
sin olor, sin peso,
un camino sin transeúnte,
un verbo sin galope, un caracol sin baba.
Aquí labro mi giba,
respiro en espejo, engaño con hambre
al hambre, ando
a la sombra de un dios óseo,
pienso en arañas, en ángulos,
en quillas.
Sí,
pero aquí no hay gloria,
rebaño, espiga o moldura de gloria:
las hojas caen y forman un colchón
que se hundeal ser pisado:
cada sol esconde pliegue frío sobre pliegue frío
debajo de eternas y sucesivas llamas.
Detrás de la luz, larva.
Un insecto horada la madera del piso.
La lluvia erosiona todo espesor
y un meteoro trae en su estela
sueños de desiertos con piedras blancas.
Aquí olvido y recuerdo mi nombre,
pasan carbones, el relámpago
despierta, se extiende y vela.
No hay gloria,
no hay volumen, densidad,
libro de amado y amante,
nido o hiedra, delante y perfil,
oportunidad ante el diente, la escarcha.
Sopla sobre el tendón y no es música.
Sobre el cansancio del mundo,
el dolor y su prosodia,
las calles húmedas que se pierden en la niebla.
No es música, es
humor espeso que penetra los huesos,
mientras a tierra
se precipitan hechos pedazos motores y esferas.
Es lo que agita las leves páginas
de los libros de tapas de cobre,
se torna aguijón en la carne de los desnudos,
modifica el deseo de los amantes
hasta volverlo erróneo, impuro,
libre arsénico desde los cometas
para matar de a miles a los gatos.
Sopla sobre mí y no es amor,
no es puente sobre el hervor de las aguas.
No deja que me desnude y ande
hacia aquella claridad
que entreví un día de aquellos días
en que todavía podía despertar
y recordar sin esfuerzo mi nombre.

o






Luego del relámpago, el trueno
y después la lluvia, el lento
y duro avance en busca de refugio.
Llueve un agua gris y espesa
y también llueven niños pálidos
con un polvo azul en la frente.
Y entre relámpago y trueno,
el silencio,
pero un silencio
con ceniza, monedas oxidadas,
astillas, papeles ennegrecidos.
No hay sosiego, graniza
contra abrigos, asilos.

o





El sol fundirá la helada?
¿Volverá la hierba?
¿En este mismo sitio
donde ahora mismo
un solitario avanza
con frío en los pies y las manos,
se tumbarán y abrazarán los amantes,
los niños jugarán
y, entre rosas y corridas,
harán olvidar al mundo
que hubo invierno?

o






(Nathalie Sarraute)

Cuando escribe,
dice,
no sabe si es hombre, mujer,
o serpiente. O
lo que es lo mismo, digo,
ella y todos quienes escribimos
somos ninguna y todas esas cosas
al mismo tiempo.
Y aun otras,
las que la razón, o la locura,
es capaz de nombrar:
anguila
en el agua oscura, pedazo de carbón,
amuleto en el pecho del condenado...
Y también esa paleta o ese remo
que golpea el agua hasta volverla espuma,
esa misma espuma que persiste en el agua
o en el agua se diluye.

o






Africa)

1


No hay viento, ni rumor de agua, y está oscuro.
Quien se extraviara allí jamás saldría o saldría desnudo
y loco. Es una selva silenciosa, pero no una selva de
plantas y frutos, de enormes y pequeños animales. No.
nada de eso. Allí, en perfecta metamorfosis con la
oscuridad y el silencio, habitan erráticas sombras,
inmóviles furores, una angustia sin medida ni centro,
un espasmo que arde con llama fría. Nunca estuve en
ese lugar, pero con frecuencia lo veo en sueños...

2

Habla y de su boca no sale palabra alguna. Pasa
la yema de los dedos y nada siente. Intenta oír y es
en vano. Procura avanzar, permanece fijado al suelo.
¿Puede ver? Sí, pero sólo astillas de hueso, uñas,
pellejos. Está inmóvil, reducido a una condición de
estatua expuesta a la lluvia, al sol, al picoteo de los
pájaros. Solo en un lugar remoto, lucha para no
olvidar su nombre, lo repite una y otra vez en su mente,
último recurso antes de la nulidad, del vacío.

3

Adelante, sobre el horizonte, el humo de los mundos
incendiados. Por una cavidad se llega al infierno. La
noche no tiene ojos, tiene bocas y por esas bocas la
carne se entera que no existe reposo. Comen su propio
dolor como comen fuego mientras las hormigas entran
de a miles por los agujeros de los sueños. Los árboles
sangran, se agitan, sufren el peso de una voluntad
invisible que los aplasta. En una pared, blanqueada con
cal, cabezas de peces,de perros, valvas, llaves oxidadas,
máscaras. Y una inscripción, apenas visible, acaso hecha
con un trozo de carbón: Muerte, fruto podrido, ¿cómo
vencer el asco y tragarte?

o





(A Hugo Mujica)

Tañe cuerdas frente al abismo
y escucha los ecos de su propia música.
¿Es azul el lado secreto del corazón,
en aquella caja que, cuando niños,
no nos animamos a abrir
estaría guardada la respuesta,
se cumplirá en alguna parte
el sueño de Nietszche, el aire más puro,
las narices henchidas como copas,
sin porvenir, sin recuerdo?

Tañe cuerdas ante el abismo,
abajo la nieve, la ceniza, la escarcha.

o





¿Cuál es la naturaleza de esa piedra
sepultada? ¿sólo pómez,
bornera?
¿persistencia de un secreto dolor
que el tiempo volvió sólido?
¿otra cosa?
De todos modos, ninguna victoria
de la vida sobre la muerte, ningún recurso
para el metal vivo ante la química de lo oscuro.
¿Cómo ir hacia la luz con tanto peso
en las espaldas?
dice
y dice también: ¿cómo
alcanzar ahora
los ojos puros, la luz en esos ojos,
el nido de golondrinas que aleja a los malos espíritus,
el consuelo de cierto olor, de cierta música?

o






(A Francisco Madariaga)

Bajo la lluvia, que no limpia,
los muertos con sus muros,
los vivos con sus linternas y sus brújulas.
Lo de siempre:
fuimos niños,
el viento sopla, oscuro corazón
de la piedra, arena y tristeza, palabras.
Aquí como mi sal y la vida huye,
hay un relámpago que persiste,
la madera se pudre, y grito,
grito palabras queuna vez salidas de la boca
dejan de ser palabras,
acaso rabia,
y sangre, y abismo.

o





Todos cavamos con las manos
hacia donde viene un llanto.
Hoy
nada sabemos del mar,
de las olas, de la luz de los barcos lejanos,
nada sabemos delcielo,
de las nubes y las bandadas,
de las babas del diablo llevadas por el viento.
Sólo sabemos cavar,
Del resto
(las uñas rotas,
los dedos ensangrentados,
las respiraciones entrecortadas,
urgidos y angustiados monosílabos),
del resto hoy nada sabemos,
nada.

Marzo 17, noche

o






Una palabra derrotada, un amor vencido
La noche crece por todos lados
Alguien se extravía entre hileras de juncos
La ciudad retorna a su origen de piedra sobre piedra
El hombre, un hombre entra desnudo en el agua roja

Y era una palabra dardo de obsidiana
Y era un amor profundo, húmedo

o





La verdad es fría y el agua no ocupa los huecos:
¿quién ahora
pesa las horas y oye su propio respirar?
El amor, todo amor, polvo impalpable.
Sólo una luz fosfórica en la pupila del silencio.
Al revés el árbol
(la copa abajo,
las raíces arriba),
el animal, ya vacío de genio,
se abandona a un juego de fútiles imágenes,
de estrériles correspondencias.
¿Dónde, cómo
la aparición súbita,
luminosa?

o






(A Arturo Carrera)

I

Adelante espera un sol oscuro
y un niño inmóvil, tendido de espaldas.
¿Mi
dialecto, el suyo,
podrán encender, resucitar?

II


Frases en una página
de un libro abierto al azar:
He aquí que van a pasar los grandes carros
negros y sordos de la Meditación.
Luego vendrá un espanto como un verterse
del agua primordial.
Y
todo esto sucederá en silencio. (*)

(*) Milosz, Ars magna.

o





¿Qué
me pregunto, de mí no es frágil,
no resulta quebradizo,
partible, rompible?
¿Hay
algún recuerdo, obsesión,
sueño, deseo, temblor,
algo que pueda contra esto que percute,
barrena, rota, silba,
empuja?
Entonces,
reúno mis últimas fuerzas
y me lanzo adelante,
hacia donde la tormenta se adensa,
con los ojos cerrados,
para obtener respuesta.

o










Buenos Aires, Ediciones Ultimo Reino, 1998.
Prólogo de Cristina Piña.

.
Copyright © Carlos Barbarito 1998


Barbarito, Carlos, 1955-

**
La luz y alguna cosa
Buenos Aires : Ultimo Reino , 1998
- 76 p. , 18 x 12 cm.
ISBN: 950-804-062-9
POESIA - AUTORES ARGENTINOS -
Cod: 75280/0



Reactiones: libro de visitas o Carlos BarbaritoReactiones: libro de visitas o Carlos Barbarito



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