CARLOS BARBARITO

caballos y otros poemas

© Carlos Barbarito 1990







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Publicados por Taller de poesía de Ana Emilia Lahitte, No. 123,
La Plata, Buenos Aires, 1990.
Se reproducen algunos de esos poemas, nunca luego incluidos en libros.
El resto sí se tuvo cuenta para libros posteriores.


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Copyright © Carlos Barbarito 1990

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Libro de polvo


A Héctor Viel Temperley, en memoria.


El enfermo tosió
como si no quedara replandor en el mundo.
Oímos ese batir de viento contra un parche reseco
pero pasamos de largo sin detenernos.
Tocado por una fría salamandra
el fuego empezó a consumirse
y con aquel fuego que se reclinaba,
cada atardecer, para mirar en las llamas
una imagen de su propia alma.
Y si bien nuevas monedas fueron acuñadas
ya nadie pudo comprar con ellas cosa alguna,
ya nadie pudo besar o hablar en lengua de ángeles
y hasta los niños debieron guardar
en sus bolsillos los dados, llorando.
Campana tañendo sola bajo la lluvia
en reclamo de rebaños y bandadas,
guitarra partida en la espalda por un rayo,
esa tos acabó por alcanzarnos
como un dardo lanzado a través del aire,
nos arrancó del precario equilibrio
sobre ruedas que giraban veloces
y, tumbados como quedamos en la tierra,
nos puso adelante un lodoso espejo
para que en él, sucios, temblorosos, nos mirásemos.

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Una mañana una voz me anunció que moriré en domingo y en Basilea


A Amelia Biagioni


El aire se quebrará como un vidrio
a mis pies y sobre mi cabeza,
y los pedazos llenarán las calles y los techos;
esto que es y no un sueño
me persigue desde hace mucho,
desde cuando dejé de creer en los ángeles
y comencé a refugiarme en los puentes
para mirar atardecer o llorar sin que me viesen.
Vidrio es el aire y la mano que escribe,
el rostro más amado, el caracol en el jardín,
todo acabará siendo afilados y diminutos fragmentos,
aunque la mano sea la de un poeta,
el rostro se enfrente a la luz,
el caracol deje en el suelo una huella densa y blanca.
Hoy Basilea es apenas un nombre en el mapa
y es cualquier día menos domingo;
miro desde la altura la cornisa de inestable arena
donde se posan, por un momento, las golondrinas.

Mañana...

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Babel


Llega a menudo una señal
desde el extremo del día o el fondo de la noche
que creemos de otros y es de nosotros mismos.
Un fugaz y remoto resplandor,
una cuerda que suena casi inaudible desde los charcos
adonde van a morir los renacuajos,
breve suelo cubierto de ramas cortadas,
mínimo gesto del que se ahoga
y abre una ventana para tomar aire,
olvidado puñado de semillas bajo inminentes patas de caballos.

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Publicados por Taller de poesía de Ana Emilia Lahitte, No. 123, La Plata, Buenos Aires, 1990.
Se reproducen algunos de esos poemas, nunca luego incluidos en libros.
El resto sí se tuvo cuenta para libros posteriores.



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