Carlos Barbarito






ANTIGUOS ROBOTS

La palabra robot es de este siglo. Aparece por primera vez en una comedia, ahora célebre, de Carel Kapek representada en París, en el Teatro de los Campos Elíseos, en 1914. Robot viene del checo robotnik, que significa "trabajador". Ahora, si la palabra es nueva, ello no significa que los autómatas, o la idea de autómatas, sean nuevos. Por el contrario, estos artificios ya ocupan su lugar en los mitos de, por ejemplo, la China y Grecia. Y, quizás por primera vez, en un relato del Egipto antiguo. De este último nos habla Juan Jacobo Bajarlía en su "Historia de monstruos". Según Bajarlía, en el papiro de Satni Khamois, del siglo III antes de Cristo, está contenida la primera historia de ciencia-ficción de la historia. Allí se trata el tema de la inmortalidad, también presente en la Epopeya de Gilgamesh, escrita por los sumerios hace por lo menos 4.000 años. Escrita por un escriba de los tiempos de Tolomeo II, se presenta a un hombre llamado Neferkeptáh que, según una nueva versión del relato del siglo VI de nuestra era, es visitado por una sombra que le recuerda su destino de mortal y el modo en que ese destino puede ser cambiado. Es necesario emprender una aventura en extremo peligrosa: ir hasta los confines del mundo y tomar un libro escrito por Toth en cuyas fórmulas mágicas reside el secreto de la inmortalidad. Al no conseguir quien lo acompañe en la travesía, decide fabricar setenta muñecos a los que dota de vida y habla a través de una invocación a la sombra. La suerte de Neferkeptáh no pudo ser peor, condenado por los dioses es disuelto en cuerpo y en espíritu como si nunca hubiese nacido. En el Libro de los muertos está escrito: "No queremos ser borrados ante tus ojos". Significa el terror de los muertos ante la idea de la nada, y a la nada es condenado el transgresor.

Pero aquí nos ocupan los autómatas. El escriba egipcio los describe de un modo luego convertido en tradicional a lo largo de la historia: de movimientos mecánicos y dotados de una voz metálica. Sin embargo, logran conducir la nave hasta su destino.

En la tradición china hay un cuento muy antiguo acerca de autómatas. El inventor, segundogénito de un rey llamado Tach'uan, los describe de madera, semejantes al hombre hasta casi engañar, capaces de moverse, correr, sentarse y levantarse, incluso de bailar y cantar. Un detalle: poseen 364 articulaciones, muchas más que un hombre verdadero. Al final del cuento la criatura es destruida en mil pedazos. El motivo es que al final de su baile el artificio empieza a mirar fijamente a los ojos a la reina.

En Grecia es donde los autómatas tienen la más rica tradición. Pigmalión modela una estatua en marfil de una mujer y, como sucederá repetidamente en la historia de estos inventores, se enamora de su obra. Afrodita se hace eco de sus súplicas, le infunde vida y Pigmalión se casa con la joven, a la que llama Galatea. Los Argonautas fabrican un perro artificial para que custodie su navío Argos. Pero el padre auténtico del largo linaje de los autómatas es Talos, un gigante de bronce de tamaño colosal que vigila a Creta. Este monstruo metálico arroja, puntualmente, tres veces al día, piedras enormes y es capaz de reducir a cenizas, entre sus brazos quemantes, a los invasores.

En Homero aparecen por lo menos dos autómatas: en La Ilíada, Vulcano emplea a dos adolescentes de oro para que lo sirvan; más adelante, fabrica otros para que asistan a los dioses en sus festines. Los primeros tienen piernas delgadas, semejan mujeres, pueden incluso hablar; los segundos, en número de veinte, son trípodes.

Plutarco celebra el uso de esqueletos automatizados entre los egipcios, recordatorio a los comensales de la fugacidad de los placeres. Esto que, o bien animaba a aprovechar la ocasión hasta lo último o desanimaba hasta la inapetencia, reaparece en Grecia y en Roma, en páginas de Ovidio y de Petronio. Este último, en su famoso Satiricón, detalla un esclavo con esqueleto de plata, dotado de articulaciones que lo hacen moverse en todas direcciones, incluso de inclinarse sobre la mesa, dejar platos y copas y luego reincorporarse.

Gian Paolo Ceserani, en Los falsos adanes, cita una obra de Apolonio de Tiana, del siglo I después de Cristo, en la que cuatro trípodes, parecidos a los homéricos, seguidos de pajes hechos, como los primeros, de bronce, vierten vino y hacen circular las copas.

Arquita de Taranto, octavo sucesor de Pitágoras, inventa lo que Ceserani llama "el primer autómata técnico". Se trata de una paloma que realiza algunos vuelos calibrados. Motivo de enojo de Platón, quien ve en la paloma mecánica la corrupción de la geometría, y de beneplácito de Favorino, la paloma de Arquinta goza de una prolongada supervivencia y llega hasta el siglo XVIII, cuando de Maistre, en una de sus obras, hace que un personaje fabrique un ingenio semejante.

Pero el inventor más extraordinario de la antigüedad es Herón. Nacido en Alejandría, la lista de sus creaciones es enorme: una grúa, máquinas para bombear agua, ventosas mecánicas, un sistema que anticipa los actuales taxímetros, pájaros que cantan sobre una fuente, puertas que se abren y se cierran sin intervención humana, una máquina de vapor a la que llama eolipila, un órgano hidráulico... En sus obras, tituladas Pneumática y Autómatas, el autor revela que sus máquinas se mueven "mediante la unión del aire, el fuego, el agua y la tierra; mediante tres o cuatro de estos elementos se confiere movimiento a máquinas y a escenas". Uno de los inventos más notables de Herón, y que interesa aquí más que otros, es un teatro mecánico, en miniatura, que llegaba, según Sabliére, a representar una obra como La leyenda de Nauplio, completa con sus cinco actos, intermedios y cambios de escena. Pocas veces un invento fue tan copiado o imitado como éste del teatro automatizado de Herón. Sabliére estudia en detalle el secreto del movimiento de los autómatas de Herón: "Del mismo modo como cada músculo de la anatomía humana (o animal) se opone a un músculo antagonista, Herón anula los desplazamientos así producidos, haciendo tirar, por el mismo contrapeso, cordoncitos antagonistas que tienen la tarea de hacer que los personajes vuelvan a su posición primitiva". Estos cordoncitos, enrollados alrededor de un cilindro, al desenrrollarse hacen mover a los autómatas; se trata de una forma de "programación" que anticipa siglos de invenciones semejantes. ¿Por qué estas invenciones no lograron lo que, en apariencia, debían lograr: anticipar la historia de la técnica en varios siglos? ¿Por qué sólo adoptaron la forma de "juguetes"?

Herón lleva a la técnica lo hasta entonces dominio exclusivo del mito. Y desde entonces técnica y mito se entrelazan, y aún hoy no es posible efectuar la separación. Los autómatas, y no por azar, nacen de lo religioso: Anubis tiene la mandíbula móvil, las estatuas de Tebas hablan y mueven los brazos, una estatua de Venus —según Aristóteles— se mueve gracias al mercurio que la llena...

Es que la invención de criaturas responde a una necesidad metafísica, por lo menos durante los primeros siglos de su historia. Es búsqueda de inmortalidad, huida de las férreas leyes de la naturaleza, sentimiento de que se es dios al dotar a la materia inanimada de vida.

Y aunque en nuestros días haya aparecido otra cosa además de lo metafísico, la posibilidad de una extensión del hombre más allá de sus límites naturales, subsiste, se dijo antes, bajo la apariencia de lo científico y técnico, el componente mítico. Porque además de la intención del hombre de ir más allá de sus fuerzas y posibilidades, hay su deseo de superarse existencialmente, de superarse como ser a través de la proyección en el autómata. Si el doble es inmortal, se dice todavía el hombre, quien lo crea también lo es. Como escribe Cassirer: "Como el nombre propio de un hombre, así también su imagen es un alter ego: lo que le pasa a ella también le pasa al hombre mismo".

No es otro el espíritu con que fueron creados el ser artificial de El segundo Fausto de Goethe, la Olimpia de Hoffmann, la Eva de Villiers, el Frankenstein de Mary Shelley, el Golem del rabino de Praga y el de Meyrink, el Supermacho de Jarry, el Robot de Capek...

© Carlos Barbarito, 1995

Publicado en Axxón, Nro. 62, 220.

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