
Carlos Barbarito
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Marcelo
Bordese:
Cosiéndole alas a un lagarto muerto |
Monstruo: Producción contra el orden regular de la naturaleza. Monstruos:
la serpiente marina descripta por el arzobispo Olaus Magnus, en 1555; el
humanoide que aterrizó en su nave espacial en el macizo italiano de la
Bernina, en 1952; las figuras de piedra de Bomarzo; el hombre bestia
visto y cazado en 1917 en la frontera entre Colombia y Venezuela… La
lista de lo supuestamente visto, de lo atribuido quién sabe por qué
razón a criaturas normales, de lo soñado e imaginado y de lo que tal vez
exista en lo más profundo de algún mar o selva y algunos, unos pocos,
vieron con infinito temor, es interminable. Marcelo Bordese pinta
monstruos. No sabe por qué. Esta ignorancia lo salva. Si supiera la
razón estaría perdido y tal vez enloquecería. Se extraviaría en un
sinfín de preguntas. Sabe, sí, que esos monstruos que pinta forman parte
de él mismo. Son él mismo. Dice: De hecho son los únicos que podrían
firmar mi epitafio. Cuando era niño –confiesa- fabricó a mano su primer
dragón: Le cosí alas de murciélago a un lagarto muerto. Cumplió, sin
saberlo, con una premisa que viene desde la noche de los tiempos: parir
dragones, dar cuerpo a lo que permanece desde siempre en el territorio
de los sueños. Enumero al azar: el dragón mudable y ubicuo, omnipresente,
de los chinos; el dragón Ladón, derrotado por Hércules; el que mata,
luego de terribles penurias, el héroe Beowulf. Bordese dice también que
los monstruos que pinta le ayudan a decir lo indecible. Y que tienen un
idioma propio más perfecto que el suyo. Desde los tiempos más antiguos –dice
Leopoldo Marechal- la metafísica debió acudir a la invención de
criaturas monstruosas para simbolizar las “causas” primeras o segundas y
sobre todo sus mutuas incidencias en el orbe creado, lo cual requiere
una combinación de formas distintas en un solo animal. Todo monstruo es,
de este modo, una clave que debe ser decodificada. Para ello hay que
saber las leyes de este idioma. Y así, poder decir lo indecible. Pero
Marechal agrega otro aspecto, fuera de la vieja necesidad metafísica:
construir un monstruo es una “puesta en acto” de las virtualidades
luminosas u oscuras del hombre. En sus monstruos, Bordese pone en acto
sus luces y sus sombras y, por ello, lo dice él mismo, son híbridos,
angélicos, carnales, bellos, horrorosos.

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Raro pintor Marcelo Bordese, recurre a la técnica de los dorados, usa
clara de huevo y limón para alumbrar o difuminar para aproximarse a los
pintores antiguos. Una faceta esencial en su obra es el tema de la
crucifixión. No sólo Jesús aparece clavado, Bordese crucifica tigres,
mandriles, vegetales, minerales… Pienso en Aleister Crowley quien, en
sus rituales, crucificaba sapos. Pero el tema siguió siendo el mismo –dice
el artista-: la angustia que nos causan los semejantes, el
irreconciliable salto entre el hombre y Dios. Y concluye: El problema
para mí es determinar hasta dónde la libertad del hombre se
compatibiliza con un plan divino. Tampoco sé cómo hace Dios, si de veras
me ama, para evitar que venga alguien y me clave un puñal en el pecho.
Otra cuestión que no se puede obviar en Bordese es el sexo. Muchas de
sus obras presentan vulvas, clítoris, labios mayores y menores. Están en
sus criaturas, mimetizadas con ellas. Esto transforma a sus monstruos,
con frecuencia, en sensuales, brutalmente sensuales. Un erotismo emana
de sus figuras orgánicas y terribles, aunque a primera vista esto
resulte contradictorio y hasta abominable. Mis cuadros podrían verse –
afirma- como un jardín donde lo mejor no está en las rosas sino en los
yuyos que el viento agita en el fondo.
© Carlos
Barbarito, 7
de julio de 2005

Palabras del pintor tomadas de una conversación suya con Luis Gruss.
En: http://wwwartxworld.com/Carlos.Barbarito/segni05.asp
Reactiones:
carbar8@hotmail.com
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