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FERMÍN FÉVRE

En poco más de cien páginas esta entrevista de Carlos Barbarito a Roberto Aizenberg (1928-1996), transcurrida a lo largo de siete encuentros, permite tener una imagen bastante acabada de este artista argentino tan original y reconocido. Los temas tratados son medulares y se complementan con apuntes finales del autor de la entrevista. La personalidad de Aizenberg, sus puntos de vista sobre la creación artística y acerca de su obra se manifiestan con amplitud y libertad. La brevedad de lo expuesto es rica en profundidad e ilustra muy bien una trayectoria de cuatro décadas, dejando al descubierto aspectos que descorren el telón de una época rica en la historia reciente del arte argentino. Esta edición, que incluye algunas reproducciones, aparece pocos días antes de la muestra de este artista que tendrá lugar en la sala Cronopios del centro Cultural Recoleta, a partir del 21 del corriente mes.

Arte al día, Libros recientes, Buenos Aires, 2001





LAURA FEINSILBER
LIBRO Y MUESTRA ACERCA DEL ARTE DE ROBERTO AIZENBERG


El libro "Roberto Aizenberg. Diálogos con Carlos Barbarito", presentado ayer en la Fundación Klemm, refleja los trabajos y los días del gran artista argentino nacido en Entre Ríos en 1928 y fallecido en Buenos Aires en 1996. Es una compilación de charlas -dividida en seis encuentros- transcurridas en apacibles y fructíferos domingos del período abril-diciembre de 1990 en las que Barbarito profundiza el conocimiento de un artista cuyas reproducciones en una revista lo deslumbraron en su adolescencia. Pero no es la primera vez que este poeta y ensayista, ganador del Premio Fondo Nacional de las Artes y Dodero de la Fundación Argentina para la Poesía, aborda la obra de tan significativo creador argentino ya que le dedica parte de un ensayo premiado en 1989 bajo el título "Acerca de las vanguardias".

Las reflexiones subyacentes en las preguntas de Barbarito constituyen el acicate para que Aizenberg revele su pensamiento de hombre-artista además de seguir un itinerario cronológico y esclarecedor respecto de su iniciación en el arte, las influencias recibidas, el "Automatismo" al que adhirió en parte, su obsesión perfeccionista. Precisamente, no ocultaba su admiración por Piero della Francesca o Van Eyck, cuya perfección formal intentó reproducir y cuando alguien lo calificó como un renacentista del siglo XX, la idea lo enorgullecía. Es muy emotiva la referencia a su encuentro con Juan Batlle Planas que despíerta su pasión por la pintura y a quien elige como maestro, una etapa fascinante en mi vida. Cada trazo, cada pincelada, cada momento en su taller eran un descubrimiento, un gozo.
De estas conversaciones no sólo surge su profunda reflexión sobre su propia obra o el fenómeno del arte en general, sino también su preocupación por la ciencia, traducida en la lectura de textos sobre genética y psicología. Aizenberg parecía distante, imbuido de un aura medieval, de alquimista secreto, como lo atestigua la hermosa composición fotográfica de Humberto Rivas en una de las primeras páginas del libro. Pero podemos afirmar que era y es una suerte de "elegido" en el sentido de la admiración y devoción de aquellos que lo frecuentaron con asiduidad y también aquellos a quienes llegan los ecos de su pensamiento.

En los "Apuntes" con los que cierra esta serie de encuentros, Barbarito señala que el arte de Aizenberg debe frecuentarse cuando la sala que lo alberga está vacía, para que el espectador pueda sentir el complejo juego de relaciones entre los elementos de cada pintura, entre cuadro y cuadro, entre los cuadros y las paredes, el suelo, el aire, el silencio, la luz y la sombra.

El libro, cuidadosamente editado por Federico Jorge Klemm, contiene palabras preliminares de la autora de esta nota y un ánálisis a cargo del crítico de arte Jorge López Anaya que recuerda la célebre exposición "Surrealismo en la Argentina" organizada en las salas del Di Tella en 1969 en la que participaron todas las vertientes de esta disciplina. Tiempo después, Aizenberg afirmaba que el Surrealismo no es un estilo ni una escuela, es una filosofía, es una forma de vivir o quizá de ver el mundo.

Cabe agregar que a partir del 21 de setiembre, en el Centro Cultural Recoleta se podrá apreciar el arte de Aizenberg en una muestra con obras que abarcan el período 1950-1994.

Laura Feinsilber en: Diario Ambito Financiero, Buenos Aires, 6 de setiembre de 2001, Sección "Galerías".






ELBA PÉREZ
SIETE ENCUENTROS CON ROBERTO AIZENBERG


Este artículo, escrito por la crítica de arte Elba Pérez, sufrió algunas modificaciones cuando se dio a conocer a través de la agencia de noticias Télam. Señalo los pasajes suprimidos en cursiva. El texto original me fue enviado por fax por el escultor Juan Carlos Distéfano. CB


Roberto Aizenberg recordaba que un surrealista debe ser extremadamente cortés y ajustaba su conducta a la máxima de su admirado André Breton. En su caso la noción de cortesía exigía rigor, precisión, ausencia de énfasis y una vigilia alerta al dictado del inconsciente. Estas cualidades asisten a su pintura y se trasuntan en Dialogos con Roberto Aizenbergm, libro de Carlos Barbarito editado por la Fundación Klemm.

El libro recopila siete encuentros dominicales mantenidos al atardecer en casa del artista. Aizenberg era celoso de la exacta transcripción de sus dichos y consciente de las complejidades conceptuales de su pensamiento. Pero en Aizenberg la cortesía no estaba reñida con la valentía de sus opiniones. Este temperamento es el hilo conductor de los diálogos respetuosamente recogidos por el poeta Carlos Barbarito.

Desde el encuentro inicial Aizenberg plantea que la capacidad de hacer arte es anterior a cualquier superestructura lógica o racional. Y desalienta las interpretaciones románticas sobre el papel reparador del arte, de la ciencia o de la religión. Ante la muerte no hay consuelo dice Aizenberg y admira el laconismo de la afirmación en quien, sabemos, estaba cercado por la irreductible certidumbre de la muerte.

Más allá de la pregunta que activa el diálogo Aizenberg imprime el rumbo del encuentro. Aparta los lugares comunes y replantea el cuestionamiento de los modelos impuestos por la cultura o el hábito perezoso. Y desde esta postura cuestiona la Estética de Hegel a quien le reprocha remitir el origen del arte a una entelequia (la mítica Edad de Oro) y reducir la categoría de arte a la tradición europea. Esta exclusión eurocéntrica le provoca una ironía que se percibe en las entrelíneas del diálogo.

El interlocutor procede de la poesía y la filosofía. Cuando Barbarito solicita precisiones a Aizenberg sobre su Weltanschauung (concepción del mundo) el artista demonta cualquier amplificación sacralizadora. El arte, afirma Aizenberg, es una pulsión de la especie humana. Una vez más evita todo penfasis y exaltación de la creación artística que decline en nebulosas románticas.

Se define clásico próximo a la actitud renacentista. Pero esta identificación que su obra convalida se funda en el ejercicio de un automatismo surrealista, tema que es punto nodal de los encuentros con Carlos Barbarito.

La parquedad de Aizenberg cede ante el reconocimiento que hace de Juan Batlle Planas. Lo conoció en 1950 y el contacto con el maestro que lo introdujo en el automatismo le reveló su destino de pintor. Para Aizenberg el automatismo es lo no razonado, el libre curso entre el inconsciente del individuo y la totalidad del universo. Este contacto, esa fluencia, se opera en el boceto de la obra producido sin interferencias. Y detalla el posterior trabajo racional, donde la obra se ciñe en forma rigurosa y exigente. Califica a la tarea de estricta hasta la crueldad.

Estas imperiosas autoexigencias hicieron posible la más profunda imagen surreal y metafísica del arte argentino. Determinaron también el escaso volumen de la obra de Aizenberg, cuya producción no superaba los seis óleos anuales. A su muerte (1996) el catálogo de obras concluidas era mínimo en comparación al ingente acopio de bocetos y apuntes que testimonian el caudal inconsciente que dio origen a su poética.

Barbarito registra con escrúpulo el tema en cada encuentro. Se adivina la claridad expositiva, didáctica, que Aizenberg descubrió en su breve paso de docente ("sin título acreditante") en las escuelas de Bellas Artes. Al oído acostumbrado la acotación revela la ironía, la perfecta cortesía exigible al surrealista confeso que no abdica de plantear discrepancias ni divergencias.

En este tono el artista condena las prácticas usuales en la educación y el anacronismo de grandes pintores ajenos a la modernidad y a su entender anclados en el pasado.

De la inicial formación de arquitecto Aizenberg retuvo el interés por el cumplimiento de funciones prácticas por medio de estructuras espaciales de capacidad simbólica, un tema que queda en suspenso en el registro de Barbarito, como tantos otros inabarcables en los encuentros mantenidos entre ambos.

Aizenberg se presenta en estos dipalogos como un interlocutor informado y lúcido conocedor del pensamiento de su época.
Su vocación eurística, visible en la pintura que Griselda Gambaro definió como hecha para el "goce y padecimiento" de la mirada, pero también para "el pensamiento y la memoria" que más tarde los sobrevuelan, marcaron un hito en el arte de los argentinos.

La síntesis de Gambaro enuncia el esplendor de la obra y las circunstancias inicialmente felices y después atroces en que fue realizada. Aizenberg no elude en sus diálogos con Barbarito la trayectoria creativa y personal que evidencia su pintura. Sin remilgos ni retaceos narra las epifanias a las que dio acceso Batlle Planas y los surrealistas franceses, los aprendizajes del rigor y las heridas inferidas por la enfermedad y el terrorismo de estado que diezmó a la familia que formó con Matilde Herrera.

Barbarito hizo transcripción fiel de los encuentros. Es el mayor mérito del libro que incluye textos de Laura Feinsilber, Jorge López Anaya y biografía sumaria del artista.
El estudio crítico de López Anaya incumple el fin enunciado. El carácter casi sinóptico de su texto se constriñe a las citas cronológicas. Anaya no se interna en la investigación de la obra de Roberto Aizenberg que ocupa un lugar relevante y único en el arte argentino.

Elba Pérez, Agencia Télam, Buenos Aires, 11 de setiembre de 2001





DIÁLOGOS CON ROBERTO AIZENBERG di Carlos Barbarito


El surrealismo de Aizenberg sobrevuela el Recoleta

A cuatro años de su muerte, una exposición sobre Roberto Aizenberg, que abarca el período 1950-1994, fue inaugurada en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires.

La muestra, la más completa realizada sobre su obra, está compuesta por 120 óleos, témperas, dibujos, collages, grabados y esculturas procedentes de colecciones públicas como el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de la ciudad de Buenos Aires y el Fondo Nacional de las Artes, además de colecciones privadas, algunas galerías de artes y de los herederos del artista.

Un sector destacado de la exposición está destinado a reconstruir la manera cuidadosa de trabajo del pintor presentando múltiples bocetos de sus cuadros, collages y esculturas, además de curiosidades como sus diseños de joyas realizados en 1961, algunos trabajos gráficos para tapas de catálogos, y sus primeros dibujos de taller realizados en 1948 como alumno de Antonio Berni. Así, el visitante puede seguir a través del material seleccionado los diferentes caminos de Aizenberg en su constante dedicación a la actividad artística.

Una breve selección de textos acompaña el montaje de la exposición guiando al espectador en su descubrimiento del mundo del pintor, en sus 40 años de trabajo realizado entre Buenos Aires, París, Milán y Tarquinia.

Paralelamente a esta muestra homenaje a uno de los más importantes artistas del país, la Fundación Klemm publicó un libro de Carlos Barbarito sobre su vida y su obra. Aizenberg recordaba que un surrealista debe ser cortés y ajustaba su conducta a la máxima de Andre Breton. En su caso la noción de cortesía exigía rigor, precisión, ausencia de énfasis y una vigilia alerta al dictado del inconsciente.

La publicación recopila siete encuentros dominicales mantenidos al atardecer en casa del artista. Aizenberg era celoso de la exacta transcripción de sus dichos y consciente de las complejidades conceptuales de su pensamiento. Pero en el artista la cortesía no estaba reñida con la valentía de sus opiniones. Este temperamento es el hilo conductor de los diálogos.

Desde el encuentro inicial Aizenberg plantea que la capacidad de hacer arte es anterior a cualquier superestructura lógica o racional. Y desalienta las interpretaciones románticas sobre el papel reparador del arte, de la ciencia o de la religión.

Ante la muerte no hay consuelo dice Aizenberg y admira el laconismo de la afirmación en quien, sabemos, estaba cercado por la irreductible certidumbre de la muerte.

Más allá de la pregunta que activa el diálogo Aizenberg imprime el rumbo del encuentro. Aparta los lugares comunes y replantea el cuestionamiento de los modelos impuestos por la cultura o el hábito perezoso. Y desde esta postura cuestiona la estética de Hegel a quien le reprocha remitir el origen del arte a una entelequia (la mítica Edad de Oro) y reducir la categoría de arte a la tradición europea. Esta exclusión eurocéntrica le provoca una ironía que se percibe en las entrelíneas de los diálogos.

Diario La Capital, Rosario, miércoles 17 de octubre de 2001 .
Püblicado en Art world




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