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Carlos Barbarito
DOS LIBROS
Lazzaroni, Anahí. A la luz del desierto. Último Reino,
Buenos Aires, 2004.
Pilía, Guillermo. Ópera flamenca. La Plata, Hespérides, 2003.
Recibí dos libros de poemas. Uno, A la luz del desierto, escrito por
Anahí Lazzaroni; otro, Ópera flamenca, obra de Guillermo Pilía. Ambos
escritores oriundos de La Plata —Lazzaroni reside en Ushuaia—; la
primera nació en 1957 y el segundo, en 1958. Esta reseña que presento a
los lectores constituye una invitación a la lectura y sólo eso. Dejo
para los críticos una indagación más profunda; mi única pretensión es la
de anotar alguna cosa, hacer notar alguna otra.

El libro de Anahí Lazzaroni muestra en su portada una pintura de Dosso
Dossi, Júpiter y Mercurio. Sé poco y nada del pintor —en las voluminosas
historias del arte que poseo pasa casi desapercibido— y aun menos de la
obra que se reproduce. En ella se ve al dios pintando una mariposa en
vuelo mientras a sus espaldas Mercurio le pide a Iris, la mensajera, que
haga silencio. Me parece una síntesis acabada de lo que la actividad
poética es para la autora: una profunda, concentrada labor, que precisa,
como el sediento del agua, que a su alrededor haya silencio. La
contradicción radica en que ese silencio no existe y entonces la poesía
debe ser escrita en medio de los ruidos del mundo y lo que debiera tener
la forma de vacas mansas cruzando un campo se crispa, se angustia y se
quiebra. No es, como imaginan los otros, una más o menos plácida
temporada en una casa con maderas claveteadas y junto al fuego; a pesar
suyo, no se trata de una descripción del silencio que los otros no
recuerdan o nunca conocieron, por más que la autora resida en el sur del
sur, en Finisterre. Mientras cae lluvia fría o nieve, cerca de la casa,
en las calles, se libra la misma y terrible batalla.
Sí, como dice José Emilio Burucúa, la poesía de Lazzaroni es ascética
—práctica y ejercicio de la perfección— y para cumplir con su cometido
concentra, destila, lima, pule. No se trata de una práctica común en
estos tiempos, todo lo contrario. No es posible tal ascetismo verbal sin
sufrimiento. Porque la palabra, cada palabra a la que se trabaja hasta
el límite, no se presenta a los ojos del poeta mansa, tratable,
domesticada, aparece embestida, en dificultades. La fundación de la
escritura —todo poeta, si auténtico, es fundador— es ejercicio doloroso,
paciente. Dolor y paciencia que atraviesa las páginas del libro.
Una noche, en viaje por la Patagonia, desperté y vi el cielo lleno de
constelaciones; al fondo, entrando a la oscuridad, una escollera apenas
iluminada. Sentí que había llegado al Fin del Mundo. Y no, faltaba mucho
para eso todavía. Al final del largo camino, o casi, Anahí Lazzaroni
vive y escribe sabiendo que un poema es un paisaje hecho sin los
delgados pinceles de la felicidad, pero escribe ese paisaje porque, de
no hacerlo, lo sabemos, seríamos aun más fáciles presas de los perros
negros, las aves de presa, las lluvias del invierno.

Guillermo Pilía recorre, por enésima y primera vez, el mundo de la
infancia. De nuevo voy a hablar de una poesía trabajada, pulida, que
esconde bajo su serena superficie una gran carga de angustia. Pocas
veces antes me encontré con una descripción tan descarnada de la niñez,
sin golpes bajos, y digo descarnada porque si aquí algo hay es
sinceridad, profunda verdad, un diálogo franco y sin disimulos con el
lector. Ya de entrada unos versos (Yo estaba acostumbrado en esos días /
a dormir sin temor junto a los muertos / y me había olvidado —o ignoraba—
las formas de habitar entre los vivos) me sorprendieron. No estaba, lo
supe desde el comienzo, en los dominios de una infancia edulcorada y
llana, estaba ante una infancia enfermiza, con un mal de nacimiento.
El libro de Pilía es una larga y dura travesía hacia la sanidad. La
imagen es clara: desde la compañía de los muertos hasta la anchura y
luminosidad de la vida. Desde el encierro, el ocultarse, las bandadas de
murciélagos en el parque hasta lo que bulle, late y pronuncia milagros.
Como Lazzaroni, como yo mismo, Pilía encuentra la llave en las palabras
y lo dice de un modo convincente, certero: Y sin palabras —se ha dicho—
no existe / vida o muerte: sólo vértigo o miedo.
Un aspecto que no quiero pasar por alto en la obra del poeta es su
permanente inventario de los objetos que habitan en sus recuerdos. Cito
algunos pocos: el zumbar de los mosquitos, la brasa del piretro, la
albahaca, la goma negra de un gotero, los fósforos de cera, los grillos,
las perchas, las cigarras. Todo dentro del mundo que era la casa, grande
como el mundo, sin conciencia y sin relojes. Una casa que parece ahora
sepultada y sin embargo reaparece en los sueños, en el poema, en las
fugaces visiones mientras se pasea por la calle. Pilía parece decirnos —parafraseando
a Kavafis— la casa te seguirá. Sí, es verdad, pero, también nos dice,
hace tiempo abrí la puerta y salí, dejé atrás la casa, sus muebles y
objetos, ahora la tarea en la que estoy empeñado es comer el pan /
grumoso y ácido de la existencia, amasar el pan que nos preserve / de la
disolución y el olvido.
¿Es otra la tarea del poeta sino la del alto y empeñoso panadero, la del
alto y empeñoso comensal?
Claro, ahora andan los relojes, se los oye funcionar en el silencio de
la noche. Y la conciencia se aferra a nosotros como el musgo al húmedo
muro.
© Carlos Barbarito, mayo de 2004
Publicado en
Letralia

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